Cultura

Adriana Fiterman, el adiós a una artista y curadora que dejó huella

Adriana Fiterman, el adiós a una artista y curadora que dejó huella

Hija del reconocido coleccionista Jacobo Fiterman, Adriana Fiterman, que falleció el martes a la noche en la clínica donde la asistían por un cáncer, tuvo una relación con el universo del arte prácticamente desde que nació. No debería extrañar su temprana inclinación por el dibujo y la pintura con la que se comprometió desde la niñez. Cuando cursaba la escuela secundaria juzgó conveniente sistematizar esta práctica, por tantos años espontánea, asistiendo al taller de Ideal Sánchez, un maestro ortodoxo que la introdujo disciplinadamente en la práctica del dibujo con modelo vivo y las normas de composición.

Pero al cabo de unos años pasó a estudiar con Carlos Gorriarena, una personalidad decididamente opuesta. Artista vehemente y poco apegado a las normas, sus enseñanzas contribuyeron al cambio que la obra de la joven artista experimentó tiempo después a partir de un radical uso del lenguaje y la composición pictórica.

Una de sus obras, el acrílico y óleo sobre tela "Días y flores".

Una de sus obras, el acrílico y óleo sobre tela "Días y flores".

Adriana estudió arquitectura en la Universidad de Buenos Aires de donde egresó en 1987, a los 25 años.

Desde entonces su práctica como arquitecta estuvo íntimamente relacionada con los espacios de arte. Diseñó montajes de exhibiciones, espacios de varias galerías y, desde fines de los años 90 hasta la última edición física del año pasado, estuvo a cargo de la organización espacial de la Feria arteBA. Esa permanencia le impuso importantes desafíos a medida que la feria fue creciendo y multiplicando sus zonas de exhibición. Las nuevas propuestas curatoriales que la feria fue incorporando la obligaron a concebir un adecuado balance entre los diferentes sectores y stands. Y aún más: a la hora de los apuros de último momento, antes de cada inauguración, los galeristas agradecían muy especialmente su temple, su carácter amable y las sugerencias que colaboraban para que sus montajes lucieran mejor.

Por fuera de ese ámbito, Adriana realizó numerosos montajes entre ellos el del Museo Carlos Alonso en Mendoza y el de la muestra Crítica, arte y sociedad en un diario argentino en la Fundación OSDE, en 2016. Era minuciosa al punto de la obsesión por el detalle. La práctica de la pintura que la acompañó desde siempre fue una suerte de oasis en el terreno espinoso de las exigencias puntuales. Aunque no del todo despojada de ellas.

Tras la experiencia de su primera exposición individual en el Centro Cultural Recoleta en 1991, antes de entrar al taller de Gorriarena, quedó con la convicción de que por lo menos cada dos años debía exponer lo que había producido. “Apenas cuelgo empiezo a ver cosas diferentes en mis pinturas que no había reconocido en el taller”, llegó comentar alguna vez. Así, ese empeñó de regularidad en las salidas a escena le fue marcando tiempos de balance y cambios paulatinos.

También fue una disciplinada deportista que practicaba un ciclismo que iba de la mano con un profundo amor por la naturaleza. Para estar bien cerca de ella cruzó dos veces la Cordillera de los Andes en bicicleta junto a un equipo que la acompañaba en tamañas aventuras, titánicas para cualquier bicho de ciudad.

Adriana, de 58 años, deja dos hijas, Nicole y Julieta, de 24 y 28 , y un enorme vacío en el núcleo familiar que compartió tan de cerca sus inquietudes y pasiones: sus padres Fito y Nora; sus hermanos Valeria y Jorge y sus sobrinos. En el ámbito del arte también, donde será recordada por su belleza y su personalidad sin estridencias.

EV