Cultura

Cómo nos enamoró el circo y se reinventó en su versión criolla

Cómo nos enamoró el circo y se reinventó en su versión criolla

Lo llamaban “40 Onzas”. Su nombre formal era Pablo Raffetto y su número más conocido era “El disparo del cañón”, en el que, obvio, sostenía eso que lo hacía famoso: sobre sus hombros, 250 kilos de hierro y 500 gramos de pólvora. Encendía la chispa y disparaba. Los aplausos explotaban. En la foto se lo ve con un garrote en la mano, pantalones diminutos y una remera de gran escote. El estilo de lucha grecorromana dice presente en el atuendo: el Forzudo. Había llegado a la Argentina en 1869 con un espectáculo de lucha en una compañía circense y en poco tiempo se convirtió en uno de los próceres de esta historia. No sería el único. Veremos fotos de más personajes. En una pequeña sala del Instituto Nacional de Estudios de Teatro, se abre un portal a otro mundo; uno en donde el circo era un recién llegado al país y prometía fantasías, sorpresas y comenzaba una relación eterna. 200 años de circo en Buenos Aires se llama la muestra y desde su sencillez permite tener un pantallazo de una tradición que tiene la clave en el circo criollo que se plantó ante tanta corriente europea.

Maqueta del mítico circo criollo de los Hermanos Podestá. / Andres D';Elia

Maqueta del mítico circo criollo de los Hermanos Podestá. / Andres D'Elia

Son fotos, folletos viejos, objetos, libros, líneas históricas para entender el recorrido y, en el centro de la sala, una maqueta del mítico circo criollo de los Hermanos Podestá, que contaba con dos partes: una más circense, otra más vinculada a lo teatral, donde el color local se hacía presente. Su carpa es clave pero antes de esa evolución, hay que ir al principio, a 1819, cuando llegó al puerto la compañía inglesa William & Mary Southby, los primeros de muchos porque fueron varios europeos los que trajeron sus diferentes gracias.

Archivo Fotográfico del Instituto Nacional de Estudios de Teatro

Archivo Fotográfico del Instituto Nacional de Estudios de Teatro

El primer payaso que se presentó en Buenos Aires fue de la compañía inglesa Francis Bradley, un trotamundos que sabía caminar la soga, hacer números con fuego e introducía así en escena el plus de los multitalentos. Y vinieron muchos más. Todos representantes de la escuela de Philip Astley, llamado el “padre del circo moderno”, con música, acróbatas, espectáculos ecuestres, payasos.

Archivo Fotográfico del Instituto Nacional de Estudios de Teatro

Archivo Fotográfico del Instituto Nacional de Estudios de Teatro

Ahí está el retrato de Humberto P. Scotti, de 1897, en equilibrio sobre una bola gigante con trajecito e insignias, mientras alguien le alcanza materiales para malabares. Ahí está la foto de Rosita de la Plata, acróbata de a caballo, nacida en Buenos Aires pero de fama internacional y hasta, según dice la leyenda, musa de Pablo Picasso. Fue pareja del payaso Frank Brown y con él llevó adelante el Hippodrome Circus, donde hoy está el Obelisco. La historia de Rosita es fascinante y se puede leer en Vida de circo, la biografía escrita por la investigadora Beatriz Seibel, pero aquí podemos empezar por verla en una foto de 1907 con sus piernas fuertes y la parada que denota genes de espectáculo. No trascendieron demasiado los nombres de mujeres en el mundo circense local: ver su foto es un hallazgo. También hay unos bocetos de acrobacias de Brown. Y fotos de sus presentaciones en la pista.

Archivo Fotográfico del Instituto Nacional de Estudios de Teatro

Archivo Fotográfico del Instituto Nacional de Estudios de Teatro

En la línea de tiempo se ve cómo las compañías se armaban y desarmaban y cómo, en cierto punto, el ir y venir de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad dependía de la economía. La idea con el recorrido es entender cómo lo local, la identidad propia, gesta algo nuevo. Lo criollo, los gauchos, Juan Moreira, todo un cosmos que motorizan, en especial, los Podestá. En el libro de memorias de José J. Podestá, hay un momento para “Moreira”: “Habíamos fundado un arte nuevo; levantamos el espíritu popular hasta el extremo de darle sudores fríos a las autoridades ignorantes”, dice, para referirse a ese espectáculo que hablaba de un gaucho perseguido y que alojó la raíz de este circo propio pero también las bases del teatro nacional de la mano del género gauchesco. Con compañías como Podestá-Scotti y Raffeto (el Forzudo), evolucionó una tradición que se lanzó al camino, a recorrer pueblos, hasta la década del setenta del siglo XX, hasta la nueva etapa luego del retorno de la democracia, con un circo revalorizado, sofisticado, que prepara la escena para nombres como Los Macocos o El Clú del Claun.

Archivo Fotográfico del Instituto Nacional de Estudios de Teatro

Archivo Fotográfico del Instituto Nacional de Estudios de Teatro

La última parte, con la línea de tiempo, llega al Primer Festival de Circo en Buenos Aires en 2009, a la irrupción en las carreras universitarias, a las visitas del Cirque du Soleil. Una evolución que tiene en aquellos acróbatas llegados del otro lado del mundo a comienzos de 1800 una compartida comunión por el espectáculo, la capacidad de asombro, el juego y todo lo que ocurre cuando empieza la función.

Ficha

Con entrada gratuita, la exposición se puede ver en avenida Córdoba 1199, lunes a viernes, de 9 a 18.

EV