Cultura

Con apenas 22.000 dólares transformaron una villa miseria en una obra de arte

Con apenas 22.000 dólares transformaron una villa miseria en una obra de arte

La pobreza estaba ahí, al alcance de la mano. Se podía tocar. Sólo bastaba abrir los ojos para verla. Sólo había que oír los lamentos para escucharla. Tan sólo se necesitaba oler el río para respirarla. No había que pensarla. Era parte de la vida diaria.

Los vecinos de Kampung Pelangi, en Indonesia, siempre supieron que su lugar en el mundo era un punto que ni siquiera aparecía en los mapas. Olvidados y postergados. Porque para los gobernantes, a la pobreza hay que ocultarla.

Selfie sobre el puente que divide en dos al pueblo. Una explosión de color.

Selfie sobre el puente que divide en dos al pueblo. Una explosión de color.

Sus 2.500 habitantes ya no soñaban en colores y ni siquiera podían ver un arcoiris en el cielo. El río, sucio y maloliente, cortaba en dos al poblado. Un lugar mísero. Salvo por su gente. Laburantes y esperanzados. En otra vida.

Pero si sos obrero y marginal las chances se reducen a casi cero. Y encima, las casas viejas, las calles descuidadas, la infraestructura inexistente. Los habitantes tenía dos chances: marcharse de allí o aceptar resignados la desesperanza.

Sólo falta sanear el río. Ahora el pueblo es una joyita visual y de limpieza.

Sólo falta sanear el río. Ahora el pueblo es una joyita visual y de limpieza.

Pero siempre hay uno que quiere torcer el destino. En este caso se llama Slamet Widodo, un maestro de 52 años, director del colegio del lugar. El hombre creyó que para lograr cosas inmensas hay que empezar por soñar cosas pequeñas. Y llevarlas a cabo.

Movilizó al pueblo para que cada uno peticionara al gobierno central. Necesitaban una ayuda económica de sus gobernantes. Para ellos era una fortuna, para muchos puede ser una cifra ridícula: 22.000 dólares. Un poco más de 10 dólares por habitante.

Widodo había diseñado su idea en su cerebro. Convertir las 390 casas del pueblo en obras de arte. Cada vecino debería pintar su casa con colores vivos y dibujos alegres. Luego cuidar la tarea. El gobierno les dijo varias veces que no había dinero, hasta que la insistencia diaria de esa gente los hizo rendirse. Esos desangelados seguirían acudiendo a sus oficinas hasta lograr la plata.

Los gobernantes les entregaron el dinero creyendo que jamás lograrían cambiarle la cara a ese lugar sin futuro. No sabían con quien trataban. Por primera vez esa gente recuperaba su dignidad. 

Cruzar el puente del pueblo es una explosión de colores en los ojos.

Cruzar el puente del pueblo es una explosión de colores en los ojos.

Todos pusieron mano a la obra bajo la supervisión del alcalde, Hendrar Prihadi. Y el arcoiris apareció por primera vez en el lugar. No sólo pintaron sus casas sino que limpiaron el poblado hasta dejarlo reluciente. 

El maestro Widodo se sintió feliz, porque su idea tenía una segunda parte que se está concretando. El pueblo ha sido invadido de turistas, las ventas de comida y souvenirs están por las nubes, y en pocos meses la economía del lugar cambió.

Los turistas se fotografían en las paredes de la casas. Diseño, color e imaginación.

Los turistas se fotografían en las paredes de la casas. Diseño, color e imaginación.

Kampung Pelangi ya no es un punto que ni siquiera aparece en los mapas. Sus habitantes recuperaron su orgullo y ahora quieren sanear el río. Las cosas más grandes siempre comienzan de una pequeña.

Aquellos que podían tocar, oler, escuchar y ver la pobreza, ya no se sienten parias. Son felices de su pueblo. Y tienen un don único: ven el arcoiris de día y de noche. Creyeron en otra vida. Y la lograron.