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Hemingway enamorado: salen a la luz detalles de su relación con una prostituta cubana

Hemingway enamorado: salen a la luz detalles de su relación con una prostituta cubana

¿Pueden descubrirse todavía cosas nuevas de Ernest Hemingway (1899-1961), premio Nobel de Literatura? La respuesta es clara: sí. Tan sólo este año 2019 se han publicado -disponibles en e-book en Amazon–, dos obras que aportan elementos novedosos que no aparecen en sus biografías. El estadounidense Andrew Feldman es el autor de Ernesto. The untold story of Hemingway in revolutionary Cuba y el peruano Omar Zevallos, de Hemingway desconocido, breve volumen que aborda el paso del escritor por Perú (36 días) y Cuba (22 años) así como algunas de sus relaciones con mujeres.

Ambas obras coinciden en el importante papel que tuvo en su vida la cubana Leopoldina Rodríguez. Fíjense en cómo la mira Hemingway en la única fotografía que se conoce de ambos. Omar Zevallos –invitado en la última edición del Hay Festival en Arequipa– ha conseguido hablar con su sobrina nieta, la periodista Ilse Bulit, que fue testigo directa de la relación.

Ernest Hemingway. Una foto de 1960 / Archivo

Ernest Hemingway. Una foto de 1960 / Archivo

Hemingway se inspiró en Rodríguez para crear su personaje Liliana la Honesta, protagonista de la novela Islas en el Golfo. La describe así: “Tenía una linda sonrisa, unos maravillosos ojos oscuros y espléndido pelo negro... Su piel era suave como el marfil de color aceituna, si es que hubiera marfil color aceituna, con un ligero tinte color rosa”.

“Los biógrafos hablan de Leopoldina –cuenta Zevallos– como una de las cinco o seis prostitutas que merodeaban El Floridita y que acababan a veces en la cama del escritor. Como si fuera una mujer sin importancia... Pero eso no fue así. Hemingway la amó profundamente. Era una mujer culta e inteligente y tuvo influencia en su obra. Su sobrina nieta explica que él la visitaba frecuentemente en un apartamento de La Habana Vieja que él pagaba y que además le daba una pensión. La acompañó hasta el final, y durante toda su enfermedad, un doloroso cáncer. Y, por supuesto, asistió al funeral, que costeó. Encargó al cuidador del camposanto que nunca faltase una flor en su tumba”. 

Leopoldina Rodríguez era la hija mestiza de una criada. De padre desconocido, creció entre la adinerada familia Pedroso, donde su madre trabajaba. “Los patrones le dieron la misma educación elitista que a sus propios hijos”, explica Zevallos, insinuando que tal vez ella también lo fuera. Un día, viajó a España y se hizo amante de José Antonio Primo de Rivera, el líder falangista, quien le facilitó los medios para volver a Cuba y montar su propia tienda de modas. Pero “el negocio quebró, y Rodríguez empezó a frecuentar El Floridita”, donde, por cierto, el barman era el catalán Constantí Ribailagua.

Hemingway se interesaba por la opinión de Rodríguez sobre sus textos, “le daba a leer los manuscritos, a diferencia de su última esposa, Mary Welsh, que no se metía para nada en su trabajo”. Rodríguez le reñía por hacer tantos cuentos, animándole a acometer más novelas, y llegó incluso a predecirle que obtendría el Nobel, a lo que él le respondió que se gastarían el dinero juntos. Eran frecuentes los encuentros, comidas o paseos a tres, de ambos junto a la esposa, la tolerante Mary Welsh, a quien una vez Rodríguez le dijo: “Usted no puede apreciar lo maravilloso que es Ernest”. “No, pero lo intentaré”, replicó.

Retrato del autor de "Por quién doblan las campanas" y "El viejo y el mar". Fue uno de los mayores novelistas y cuentistas del siglo XX.

Retrato del autor de "Por quién doblan las campanas" y "El viejo y el mar". Fue uno de los mayores novelistas y cuentistas del siglo XX.

En 1950, Rodríguez es diagnosticada de cáncer. “Eso los unió más –revela Zevallos–, él nunca descuidó las medicinas ni el largo tratamiento”. Ilse Bulit fue testigo, una vez, de una virulenta pelea a gritos: “Ella le gritaba, porque sabía cómo hacerle rabiar, que el personaje de El viejo y el mar era una invención, ‘tan falso como los perfumes de diez centavos de la calle Galiano’, y él respondía: ‘¡Existe, hay hombres valientes, mierda!’. Cuando él la llamo ‘estúpida’, ella, ya enferma, le replicó: ‘¡Carajo, si un día te revientan las entrañas o estás desesperado, vamos a ver si tienes el valor de tu pescador!’”. Tras un largo silencio, Hemingway –que era alcohólico y sufría un trastorno bipolar– ­salió de la habitación como una tromba. “Por poco me derriba”, recuerda la sobrina nieta.

Zevallos, periodista que ha publicado diversos estudios sobre artistas plásticos y caricaturistas –su otro oficio–, se ocupa también de la estancia del escritor en Cabo Blanco, al norte del Perú, en 1956, donde se rodaba El viejo y el mar. “Se pasó todos los días pescando merlines negros porque no quería que las escenas de pesca de altura fueran un montaje. La zona vivió muchos años de las anécdotas que se generaron”.

Fuente: La Vanguardia

VA

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