Cultura

Una mujer llora en un museo

Una mujer llora en un museo

Una mujer llora en la sala grande del Museo Nacional de Bellas Artes. No una lagrimita, no un surco de agua sobre la mejilla: llora con fuerza, en silencio pero con buen caudal. Podría estar frente a otra obra, pero está saliendo de una especie de cuartito. Adentro -quietas, congeladas, pero tan cerca unas de otras que sus significados estallan- hay una serie de figuras. Hay sangre.

En tamaño natural -un hombre que mide como un hombre- hay un militar, un comando, con un palo entre las manos, al ataque: tiene lentes oscuros y bigotón, el kit completo. De las mismas dimensiones, hay un tipo de sobretodo, con sombrero, al que no se le ve la cara: siniestro. En el medio, en un sillón, fino y fumando, un caballero de traje: debe ser el que toma las decisiones. Se le ven los brazos y las piernas; lo demás es invisible, cualquier varón elegante dirigiendo desde un lugar cómodo. Y hay sangre.

Carlos Alonso. Carne de primera. / MNBA

Carlos Alonso. Carne de primera. / MNBA

La cosa no termina ahí: en el piso hay un cuerpo cubierto con diarios al que sólo se le ven los pies. Hay un busto de un prócer que mira a la pared: mejor no ver lo que está pasando. Y, colgadas, algunas piezas de una vaca, junto a una pierna humana y una camisa blanca agujereada por balas: y sangre, claro. 

No se sabe, no se ve, por qué llora la mujer, por qué sigue mirando los cuadros detrás de esa catarata. Quizás las balas hayan picado muy cerca, y tenga hermanos, tenga tíos, primos, amores, quizás tenga compañeros desaparecidos y haya visitado el horror condensado ahí, en un instante. Quizás no mire al pasado sino que tema por el futuro: un mundo de bravucones.

En las entrañas de la patria. La obra de Carlos Alonso./ Constanza Niscovolos

En las entrañas de la patria. La obra de Carlos Alonso./ Constanza Niscovolos

La instalación -¡recién acá lo digo!- se llama Manos anónimas y es parte de la gran gran exposición del pintor Carlos Alonso que se está haciendo en el Museo Nacional de Bellas Artes (y que, ojo, termina este domingo 14). Antes del cuartito, que es como el knock out final, hay mucha más carne, mucha más sangre. El frigorífico por dentro. El asado sin el glamour del canal de cable.

Alonso une el carácter ganadero del país con la violencia política más explícita. Acá empresarios en medio de reses, acá mujeres mezcladas con reses, acá un tango trágico que se baila entre los costillares, como una contracara del turismo: ¿acaso no es eso, tango y carne, lo que vienen a buscar tantos viajeros a Buenos Aires?

La censura. Una obra de Carlos Alonso en el Museo de Bellas Artes. / MNBA

La censura. Una obra de Carlos Alonso en el Museo de Bellas Artes. / MNBA

El pintor, claro, se inscribe en una tradición: allá en los inicios de la literatura argentina está la novela El matadero, de Esteban Echeverría, donde se quería mostrar el salvajismo de los federales con imágenes cruentas. "Cuarenta y nueve reses estaban tendidas sobre sus cueros y cerca de doscientas personas hollaban aquel suelo de lodo, regado con la sangre de sus arterias", cuenta Echeverría. Y destaca un personaje en el que hay que detenerse:  "La figura más prominente de cada grupo era el carnicero, con el cuchillo en mano, brazo y pecho desnudos, cabello largo y revuelto, camisa y chiripá, y rostro embadurnado de sangre".

¿No será el matarife, y no el gaucho, la figura más emblemática de nuestra historia? ¿No será él quien mejor encarna la idea del país carnicero, la buena parrilla -ay la palabra "parrilla"- haciendo juego con la carnicería política?

El clásico. Sin pan y sin trabajo, de Ernesto de la Cárcova.

El clásico. Sin pan y sin trabajo, de Ernesto de la Cárcova.

Todo eso se ve en los cuadros de la exposición de Carlos Alonso, la crueldad de la historia a punta de pincel. 

Ni que hablar de la aguda reinterpretación que hace el pintor de uno de los clásicos de la pintura argentina, aquel Sin pan y sin trabajo que creó Ernesto de la Cárcova en 1894. En el famoso cuadro un hombre está sentado frente a su mujer y su hijo, junto a una ventana. Detrás del vidrio está la fábrica, se ve a la caballería llegar ¿para poner orden? El hombre golpea su bronca contra la mesa.

Sin pan y con trabajo. La obra de Carlos Alonso de 1968/  Pablo Messil

Sin pan y con trabajo. La obra de Carlos Alonso de 1968/ Pablo Messil

El cuadro de Alonso recrea la escena pero ahora el título es Sin pan y con trabajo. Era 1968 y el pintor ya sabía que con trabajo igual puede no alcanzar el pan. Y todavía no había pasado nada de lo que vendría después.

Una mujer llora en la sala. ¿Cómo estar cuerdo y no llorar?


Carlos Alonso. Pintura y memoria


  • Pabellón de exhibiciones temporarias
  • Entrada $100 para argentinos y $200 para extranjeros
  • Museo Nacional de Bellas Artes Avenida del Libertador 1473
  • Mar. a Vier., de 11 a 20. Sáb. y Dom., de 10 a 20.
  • Hasta el 14 de julio.