Economía

La economía macrista: herencia, improvisación y mala suerte

La economía macrista: herencia, improvisación y mala suerte

El gobierno del Presidente Mauricio Macri devuelve al socio de su predecesora un legado con claroscuros: una superficie recesiva e inflacionaria; aunque también correcciones de fondo. La primera mitad del mandato disto de este final infeliz. Incluso llego a la elección legislativa de 2017 ostentando casi un año y medio de crecimiento discreto pero sostenido.

Toda una proeza con solo pensar en el lastre de un déficit fiscal próximo al 8% del PBI, el atraso cambiario de un dólar blue que doblaba al oficial, una inflación con estancamiento próxima al 30% anual y el default residual con los hold outs.

Una herencia lo suficientemente frondosa como para tornar verosímil la promesa naif de un rápido aniquilamiento de la inflación. Hemos ahí la primera crisis de expectativas. El sinceramiento cambiario y los ajustes tarifarios, fiscal, monetario y cambiario conspiraban en contra del big push prometido aunque compensados por una capacidad de volver sobre sus errores.

Luego de la victoria electoral de medio término, que tiñó de amarillo al mapa político argentino, sobrevino la previsible tragedia de la soberbia y el voluntarismo plasmado en la intervención fáctica del BCRA modificando administrativamente las metas de inflación según un cálculo econométrico como pócima segura para garantizar una holgada victoria en la primera vuelta de 2019 previa succión de recursos del régimen provisional para transferirlos al postergado GBA.

Y como un sino maldito, el impensado triunfo de Donald Trump, la guerra comercial larvada entre EE.UU y China, el alza de la tasa de interés por la FED y el vértigo de la devaluación turca conjugados con una de las peores cosechas de las últimas décadas; y un BCRA que subestimó la tempestad sin reaccionar a tiempo.

Luego, el costoso pero necesario salvataje del FMI y el efecto domino clásico que forzó a los ajustes pendientes de la peor manera siguiendo la secuencia conocida desde mediados del siglo pasado: aceleración de la inflación, retracción salarial, recesión y aumento de la pobreza. Hacia el fin de una volatilidad cambiaria de seis meses parecía que lo peor había pasado; y que el 2019 amanecería con un discreto rebote. Pero la ansiedad de erradicar las bases de la inflación mediante un ajuste tarifario final aborto el pronóstico.

En suma, una herencia envenenada, mala praxis y mala suerte; aunque con un saldo más decoroso que el recibido y algunos resultados de calidad que el dramatismo del naufragio impide percibir. Por citar solo algunos, la recuperación parcial pero ostensible de la catástrofe energética e infraestructural de los 2000, la recuperación de agencias estatales nobles como el INDEC, un volumen de reservas más decentes que las dejadas por el kirchnerismo y un déficit primario próximo a cero junto con un balance comercial positivo, la recuperación de varios mercados y la posibilidad de un acuerdo de integración entre el Mercosur y la UE que en dos décadas podrían dejar atrás nuestra decadencia secular.

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