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Comercio China-EE.UU. Una historia del revés con domicilio en Washington

Comercio China-EE.UU. Una historia del revés con domicilio en Washington

Vivimos una etapa de paradojas impactantes para la geopolítica a la que estábamos acostumbrados. En todos los foros que ya no se le resisten, China narra las mieles del libre mercado (con los filtros políticos previsibles) al tiempo que EE.UU. se alambra en un proteccionismo de otro siglo. En 2016, apenas ganar las elecciones, Trump exhibía en Nueva York el plano bajo de su liderazgo patoteando inclemente a la prensa de su país. En las mismas horas, en Chile, su colega Xi Jinping, el comunista, prefería reunirse con un millar de editores para comentar sonriente el ritmo de los nuevos tiempos del liberalismo.

Todo eso tiene la belleza de lo anecdótico pero revela comportamientos. Así, mientras EE.UU. siguió dándole la espalda al Asia Pacífico, el Imperio del Centro hace años ha activado su propio acuerdo transpacífico de apertura comercial y reducción arancelaria. Se trata del RCEP, o Asociación Económica Integral Regional, que es el que en esta cumbre de Bangkok se posiciona para un salto geométrico. Lo que la historia esta exhibiendo es que el mensaje proteccionista y ensimismado de Trump adelantó el lugar de potencia global de China. Es decir, para dejar de constituirse en una contraparte y avanzar en la disputa del liderazgo global. Es para eso que busca una amplia apertura del comercio que consolide su hegemonía económico, luego política. Este giro permite a la potencia asiática, cuyo comunismo revierte cada vez más en monarquía absoluta capitalista, proyectar hoy su influencia con un ímpetu que estaba destinado a otras épocas en el calendario de los equilibrios mundiales.

El bonus en ese diseño ha sido el comportamiento estratégico del rival norteamericano que tumbó el Tratado Transpacífico de Cooperación Económica que había tejido despaciosamente el demócrata Barack Obama a lo largo de sus dos administraciones. Esa iniciativa unía a una docena de países del Asia Pacífico pero no a China. El TPP, tenía un propósito que desbordaba el interés comercial. Debía sustentar la doctrina del pivot asiático que tiene raíces más allá del pasado gobierno demócrata, incluso entre los republicanos. Se trataba del llamado ”rebalancing” de la agenda internacional de la primera potencia hacia ese foco estratégico que concentra el 50% del comercio mundial y 40% del PBI global. Es claro que quien impone los acuerdos fija las reglas y ese era el plan del Washington de Obama. Beijing asumía a esa ofensiva como una obsesión agresiva de Occidente. Ni se imagino que el propio EE.UU. se ocuparía de desmontarla con tanto ahínco.