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Cómo eran las grabaciones antes de los vinilos

Cómo eran las grabaciones antes de los vinilos

En 1806, mientras sus compatriotas invadían el Río de la Plata, el inglés Thomas Young se las ingeniaba para registrar las vibraciones de un tenedor con un tambor giratorio cubierto por cera.

Medio siglo después, en 1857, el francés Édouard de Martinville ideó un aparato al que llamó fonoautógrafo, pero tuvieron que pasar otros veinte años para los primeros inventos prácticos.

En 1877, el francés Charles Cros patentó un dispositivo con el nombre de paleófono, y en Estados Unidos Thomas Alva Edison desarrollaba el fonógrafo.

Los dos recurrían a principios similares. Una bocina registraba en una membrana o diafragma las ondas sonoras de quien hablaba o cantaba ante ella, y esas vibraciones se transmitían a un punzón que grababa surcos sobre un cilindro o tambor recubierto con un material que, luego, permitía realizar el procedimiento inverso: “leer” esos surcos y reconvertirlos en sonido mediante una membrana “parlante”.

Carlos Gardel grabó su primer contrato discográfico en 1912. / Archivo

Carlos Gardel grabó su primer contrato discográfico en 1912. / Archivo

El 21 de noviembre de 1877, Edison grabó la canción infantil inglesa Mary has a little lamb, el 29 de noviembre se lo mostró a la comunidad científica, el 15 de enero de 1878 patentó el método de reproducción sonora y el 19 de febrero, el fonógrafo.

En 1888, en Estados Unidos, Emile Berliner creó el gramófono, que utilizaba un disco de goma vulcanizada que podía ser copiado del máster de zinc recubierto con cera, lo que eliminó la continua grabación de cilindros.

Los discos ideados por Berliner podían hasta duplicar ese tiempo. Con las décadas, esa posibilidad haría que una canción popular, para su difusión, “deba” durar no mucho más de tres minutos.

En 1888 se fundó la Columbia Phonograph Company, que al principio vendía los cilindros y fonógrafos de Edison, discos grabados y gramófonos y más tarde comenzó a grabar música.


Exposición de fonógrafos y discos antiguos en el Museo de la Ciudad. / Fernando de la Orden

Exposición de fonógrafos y discos antiguos en el Museo de la Ciudad. / Fernando de la Orden

Por entonces, los “simples” lo eran de verdad: sólo un lado del disco iba grabado. Pero en 1908 Columbia introdujo una novedad: el lado B. Ese año, la empresa norteamericana comenzó a producir discos con grabaciones estampadas en ambos lados. Esto lo permitió el reemplazo de la goma dura o ebonita, utilizada hasta entonces, por una “pasta” de materiales resinosos combinados con otros minerales.

Los componentes más habituales en los tradicionales “discos de pasta” eran goma laca, pizarra y carbón (de ahí el color negro), con el agregado de algunas fibras de algodón que buscaban darle más elasticidad al material, bastante rígido y frágil.

Un disco de pasta. / Archivo

Un disco de pasta. / Archivo

Hasta mediados de la década de 1920, no había aún uniformidad en la velocidad de grabación, por lo que los aparatos reproductores, gramófonos y “victrolas”, debían contar con un regulador de velocidad.

Finalmente, se establecería el estándar de 78 revoluciones por minuto y el diámetro de 10 pulgadas.

Muchos artefactos, los primeros “portátiles”, no estaban preparados para conexión a una red eléctrica, sino que funcionaban con un acumulador propio, recargable a manivela, y a medida que la potencia se agotaba, el plato iba girando más lentamente. “Darle manija a la vitrola” se volvería una expresión popular.

En Buenos Aires, la Columbia Records estaba registrada desde 1904 a nombre de Tomás Drysdale & Cía., hasta que renunció a la representación en 1910.

Se hizo cargo el inmigrante piamontés Giuseppe Tagini, quien decidió impulsar las grabaciones y desde 1911 comenzó la búsqueda de los “grandes valores” locales.

El 2 de abril de 1912 firmó el contrato para que un tal Carlos Gardel grabara en el sello Columbia. (1)


Citas: 1. Héctor Ángel Benedetti, “1912: Gardel, sus primeras grabaciones”, Todo es Historia, Nº 431, Edición especial “Por siempre Gardel. Nuevas miradas sobre el ídolo”, junio de 2003, pág. 57-58.