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Cuando Nueva York pierde el glamour

Cuando Nueva York pierde el glamour

Para quien tiene la posibilidad de conocerla, la definición suele ser unánime: “Nueva York es una ciudad única, incomparable”. Manhattan, en realidad, el distrito de los imponentes rascacielos, es el que asombra a los visitantes. Más allá del “New York... New York”, el tema que inmortalizó Frank Sinatra, la condición es que parece eximida de las diferencias ideológicas de los turistas que la transitan.

Como si fuera ajena a los Estados Unidos. Parece una capital universal en la que se mezclan la modernidad más extrema con los toques de la antigua bohemia en algunos de sus barrios tradicionales. El tránsito es tan caótico como el de Buenos Aires. Por esos los pocos nativos prefieren no comprar autos. Además, es carísimo el estacionamiento. A 7 dólares la media hora, por ejemplo. Pocas bicisendas, simplemente pintadas en el piso, y que sólo establecen prioridades para los escasos ciclistas. Las manzanas que albergan a esas moles de 50 o 100 pisos son rectangulares. En las grandes avenidas, las esquinas se encuentran cada 50 metros, mientras las calles transversales miden más de 150. Todo parece atractivo. Time Square es una fiesta de carteles luminosos. El inmenso Central Park, con sus mateos. La famosa Broadway, la calle (y sus alrededores), emblema mundial de los teatros. Los bares de todas las nacionalidades, los restaurantes.

Pero... el tema es encontrar un baño, de apuro. Allí se derrumba todo el glamour. En los lugares de comida se necesita saber un código para teclear la entrada. Son mínimos, muchas veces para los dos géneros. En profundos sótanos o escaleras arriba... Y bueno, algún defecto había que encontrarle.