Nacional

Dady, el payaso de un circo que ya tiene dueña

Dady, el payaso de un circo que ya tiene dueña

Dady Brieva fue siempre un bufo menor. Muy lejos del arte para el disparate reo del Negro Olmedo, menos aún califica para el humor político inteligente y filoso del inolvidable Tato Bores. Si el hombre es el estilo, el señor Brieva será para siempre un Midachi, del mismo modo que Marcos Mundstock o Daniel Rabinovich consagraron para todos los tiempos la refinada estética de Les Luthiers.

Es probable que esa meritocracia de los talentos actorales sea despreciada por el señor Brieva. Sin embargo, hay que reconocerle mérito como intrépido gestor de cuestiones vulgares. O no tanto. Conoce el arte de comunicar con naturalidad. Como si ejerciese docencia en la cátedra de un extraviado café de barrio, allí donde las palabras circulan sin patente y toda barbaridad puede ser dicha sin costo alguno. El señor Brieva vive, y no lo ignora, en tiempos de la política como show. Un escenario a cielo abierto, como en los teatros de la Grecia Antigua. Esa “sociedad del espectáculo” fue anunciada ya a fines de los 60 por el filósofo, escritor y activista francés Guy Debord, en un libro de ese título, una de cuyas tesis sostiene que todo lo actuado por el hombre, naturalmente también la política, se ha transformado en una gran representación. Una realidad que se actúa.

Brieva seguramente no leyó a Debord, pero interpreta con eficacia lo que aún queda vigente de aquel mensaje. Es cada vez más el intérprete descarnado de un terrorismo verbal que otros quisieran ejercer, pero no pueden. El sesgo goebbeliano de su discurso, de palabras y modos brutales, expresa lo que el kirchnerismo duro calla, pero avala y acaso festeja. Es así como el ex Midachi acaba de alborotar las redes: con una ráfaga de killer del micrófono apretó al Presidente como ni siquiera lo hace la oposición.

En tono de amenaza, ni siquiera maquillada con un ligero disimulo, el señor Brieva urgió al jefe de Estado a regular las tareas del periodismo. Más aún, proclamó una velada censura a los comunicadores “que siguen hablando”. También mostró su interés en el cese de los fiscales que el kirchnerismo considera hostiles. Todo en una frase: “Carlos Stornelli sigue trabajando, los periodistas hablan como si nada ocurriera”. Y pidió asumir sin tibias timideces el parentesco del Gobierno con el ADN chavista que hoy encarna Nicolás Maduro.

No se guardó nada. Ni cierto aire de desprecio al hombre que tiene en sus manos el timón de la República: “Me parece que hoy se armó una movida interesante en las redes. #EsAhoraAlberto decían en Twitter. Y yo te digo, Alberto, que seguramente no me estás escuchando porque escuchás otra radio, que vos fuiste elegido, tenés que hacerte responsable”, disparó con su extraño “fuego amigo”.

Triste destino para un cómico: dar risa más que hacer reír. El señor Brieva se ha transformado un poco en Pennywise, aquel payaso bailarín de “It”, la novela de Stephen King, que se dedica a sembrar el terror y la violencia. Tal cual: pintarrajeado y triste, como payaso de un circo que tiene dueña.