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Donald y Greta

Donald y Greta

Por Imma Monsó
Periodista y escritora

En relación con el asunto climático, dirías que Donald Trump y Greta Thunberg forman una extraña pareja: dos muñecos animados por fuerzas simbólicas contrapuestas. Greta sería, claro está, el yin, que en la dualidad taoísta representa la tierra (virgen), la pasividad (¿qué hace esa niña por el clima las interminables horas que pasa en trenes y catamaranes?), la oscuridad (fruto del ahorro energético) y la absorción. Más icónico que Bolsonaro, Donald sería el yang, que, vinculado al principio masculino representa la luz (véase la colosal iluminación navideña recién inaugurada en los pasillos de la Casa Blanca), la actividad (incuestionable que es un hombre de acción) y la penetración (siempre dispuesto a perforar el subsuelo).

El uno apunta al futuro (un futuro activo, luminoso pero precario, ya que todo parece a punto de petar), y enarbola un optimismo negacionista pueril. La otra apunta más bien al pasado, parece salir de un asentamiento menonita y destila un pesimismo airado y lloriqueante. Donald y Greta, convertidos en marionetas recurrentes de la esfera mediática, se complementan a la perfección, se detestan sin disimulo y se alimentan mutuamente con sus aspavientos.

Tras de sí, cada uno por su lado pero en perfecta conjunción astral, arrastran una nube de fotógrafos y una masa de enfervorecidos seguidores. La devoción que despiertan es otra prueba inquietante del ­desprestigio actual de la ciencia: Donald se pasa el rigor científico por el forro del trépano. Greta dice cuatro generalidades divulgativas y despierta de un plumazo todas esas conciencias que se hallaban roncando mientras acreditados científicos de prestigio aportaban pruebas del deterioro del planeta.

Por último, y este es tal vez el punto más insano de este dúo, está la diferencia de edad: ¿cómo es posible que el optimista, el descerebrado, el imprudente sea el viejo Donald mientras que la pesimista, amargada y angustiada por los funestos pronósticos sea la niña Greta? ¿Acaso no es propio del anciano exhibir sensatez, sabiduría y una dolorosa conciencia del apocalipsis que se avecina? ¿Acaso no es propio de las criaturas (y saludable) que se mantengan protegidas por cierto candor y aprovechen la tierna edad para vivir ajenas a las predicciones infaustas? Juntos protagonizan un musical tragicómico en el que la edad de la inocencia se halla invertida de un modo raro. Da que pensar que la sociedad del espectáculo haya elegido a esos dos para entretenernos en lo que ya parece la antesala del fin del mundo.

Copyright La Vanguardia, 2019

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