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El corazón estalinista de la marioneta oficial

El corazón estalinista de la marioneta oficial

El boomerang es un instrumento que tras ser lanzado, si no impacta en el objetivo, regresa a su punto de partida. Hay que tener cuidado cuando se arrojan armas dañinas al aire tenso del espacio público. Los dardos venenosos que dispara el minúsculo gran inquisidor de turno, pueden dar la vuelta e impactar en el agresor que se supone indemne.

La línea de razonamiento oficial que pretende asociar en una misma identidad jurisprudencial a los periodistas con sus fuentes lleva a conclusiones con lógica de boomerang. Por ejemplo: ¿Si un cronista tenía como fuente a Oscar Parrilli cuando era el jefe de los espías, ¿se convertía entonces -el periodista- en un espía orgánico o inorgánico y debía ir preso?

Eran muchos los que hablaban en aquel momento con el subordinado predilecto de la entonces presidenta. Según la actual doctrina oficial al respecto, serían cómplices de su interlocutor, proveedor entonces de información secreta a Cristina Kirchner​, y al coro que amplificaba aquellas indiscreciones.

Parrilli que tiene el cerebro tan obnubilado como para considerar que Jorge Lanata es Astiz, tiene hoy un inmenso poder que por carácter transitivo le transfiere su jefa. Así como lo maltrata lo encumbra a la vez como su muñeco predilecto. Según la “doctrina Parrilli”, habría que solicitar los intercambios de mails de todos ellos, sus periodistas interlocutores de entonces, como cómplices potenciales de conspiraciones contra el poder.

Esos criterios suponen una inmediata transferencia de la condición moral de los emisores de la información de inteligencia hacia sus receptores. Habría entonces que sancionar a los millones de personas que escucharon los audios entre Cristina Fernández y Oscar Parrilli, porque eso no debía difundirse, ni oírse, ni compartirse por redes. Todos cómplices y culpables, ni hablar de los que instalaron el improperio de la jefa a su subordinado como ringtone en los celulares.

Todos espías. Todos a la cárcel.

En esos audios que inundaron los oídos del país entero se enunciaban cosas muy graves. Solicitud de aprietes a jueces entre otras preciosuras, y escarnios escatológicos a los peronistas en general.

Cuenta Alexander Solzhenitsyn en su “Archipiélago Gulag” que el cargo de espionaje era la acusación madre en la Rusia totalitaria: “Se le dio una interpretación tan amplia al delito de espionaje, que si calculamos cuántos fueron condenados por él, podría llegarse a la conclusión de que en época de Stalin nuestro pueblo no se ganaba la vida ni con la agricultura, ni con la industria, ni con ninguna otra actividad que no fuera el espionaje, y que vivía del dinero de los servicios de inteligencia. El espionaje fue algo muy cómodo por su sencillez, asequible tanto al delincuente poco culto como al jurista instruido, el periodista y la opinión pública. La amplitud de interpretación consistía también en que no se condenaba directamente por espionaje sino por Sospecha de espionaje, es decir, por Espionaje no demostrado, lo que de todos modos implicaba la pena máxima. Esto no es la Rusia de Stalin, por supuesto. Pero es cierto que hay estalinistas de corazón y con poder.

Hay algo que sorprende aún más que la estupidez humana. Es la astucia que hay en esa estupidez. Esos cálculos del idiotismo político que mueve fichas groseramente subordinadas para acusar e impugnar, y denigrar a los husmean en el lado oscuro de sus trifulcas. Se trata de imperar sin la difusión de información incómoda. Buscan amparo en el temor que suscitan, en el silencio que pujan por expandir.

La ofensiva anti periodística (en este caso insuflada por el vacío mental) retrospectiva y resurrecta ha mutado en una concreta amenaza de cárcel contra los informadores no oficialistas.

No todo es tan fácil para el pequeño gran inquisidor, y para La Dueña que lo tutela.

Cada dislate promovido, desde la liberación de presos peligrosos -homicidas y femicidas entre otros- hasta la hasta la expropiación de Vicentín fueron frenadas, hasta ahora, por la protesta pública.

En las llamas de la indignación se perciben los chisporroteos que provocaron las indulgencias que disfrutan desde Boudou hasta De Vido, ahora en sus casas y a buen resguardo, protegidos por el espíritu del Instituto Patria.

Sin embargo, todavía hay segmentos de la Justicia que defienden la Constitución.

La clave de todo el juego burdo de Parrilli azuzado por los Moyano se percibe a simple vista. Los periodistas que descorrieron los velos de las mafias están en peligro.

Todo debe examinarse.

El mensaje es elemental. Quien quiera vivir tranquilo que desista de investigar.

Es una utopía.

No va a ocurrir.

Nadie se calla.

La Argentina zigzaguea entre el pasado y el futuro. Pero las mordazas ya son intolerables para todos.