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El problema de Alberto Fernández no son las palabras, es la realidad

El problema de Alberto Fernández no son las palabras, es la realidad

Decía Alberto Fernández el 19 de marzo, en plan autoritario: “Todos los argentinos deberán someterse al aislamiento social obligatorio. El que no pueda explicar qué está haciendo en la calle se tendrá que someter a las penas que prevé la ley. Vamos a ser absolutamente inflexibles”. Claro como el agua clara o turbio como el agua turbia.

Ahora dice el mismo Fernández: “Seguimos hablando de cuarentena sin que en Argentina exista cuarentena, porque la gente circula, los negocios se han abierto y la actividad industrial funciona por encima del 90%”. ¿Qué pasó en el medio? Pasó que después de casi 150 días la gente se hartó del encierro y ha salido a recuperar algunas libertades. Fernández está forzado a cambiar su discurso y deshacerse de la palabra cuarentena.

En tren de cambiarle el nombre, no estaría mal que intente con otro que no sea el muy largo, difícil de memorizar y medio trabalenguas de aislamiento social, preventivo y obligatorio. Y si lo asombra que le “sigan hablando de cuarentena”, tampoco estaría mal que diga cómo llamarle a un país sin clases, con miles y miles de personas que necesitan trabajar para ganarse un mango y no pueden trabajar, familias que hace cinco meses no pueden reunirse, con trenes, colectivos y micros que casi han desaparecido y ciudades y pueblos enteros a los que no se puede entrar.

Y si es cierto que “la industria funciona por encima del 90%”, debería avisarle al INDEC que corrija eso de que funciona al 53%, como dice en su último informe . O sea, desmentir que las fábricas tienen una capacidad ociosa del 47%. Es obvio de toda obviedad que el nombre de las cosas no hace a las cosas diferentes de lo que son. Ni que afirmar que todo anda bien o más o menos bien signifique que todo anda bien o más o menos bien. Finalmente las cosas andan como se ve que andan. Aunque se insista en que andan como se dice que andan.

Y las encuestas hablan justamente de eso. Fernández dibujó un sube y baja frenético y hoy su imagen está igual o por debajo de los sorprendentes números de marzo, cuando lanzó la cuarentena que nadie imaginó interminable. Según Synopsis era 52 puntos, llegó a 69 y está en 47, con más imagen negativa que positiva. Para Management & Fit era 44, trepó a 59 y cayó a 47. La épica del acuerdo de la deuda no movió el amperímetro.

Cualquiera puede sospechar que su caída no es sólo porque la cuarentena no resultó lo que se esperaba sino por la crisis y la cada vez mayor y más visible influencia de Cristina en las decisiones presidenciales. La corrupción vuelve a estar a la cabeza de la preocupación de la gente y también la inseguridad. Es dato serio.

La moderación declamada por Fernández, que influyó en las elecciones tanto como la frustración económica con Macri, está eclipsada por las urgencias judiciales de Cristina, que revive su estilo del vamos por todo. Habla de una reforma que dice es para mejorar la justicia mientras desde el Senado acaba de desobedecer una orden judicial. Finalmente lo que quiere (y no dice) es que le limpien las causas por corrupción.