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Fernández y Larreta, los reyes del surf

Fernández y Larreta, los reyes del surf

La práctica del surf es intensa y adrenalínica. Implica literalmente sumergirse en un medio sobre el cual no se tiene control alguno; de ahí la sensación de euforia al pararse sobre la tabla, aunque sea en una olita. Requiere leer bien el mar, es decir, el contexto. Estar alerta al momento justo para bracear. Y mantener el equilibrio. No extraña que surfear haya sido el verbo elegido por dirigentes cercanos a Alberto Fernández para describir la actitud de su jefe ante los repetidos embates del cristinismo contra Horacio Rodríguez Larreta. El jefe de Gobierno porteño no sólo se ha convertido en un aliado de facto del Presidente en la lucha contra el coronavirus​, sino también es su colega en cuanto a preferir el diálogo antes que el insulto. Y tiene sus propias olas que montar.

La pandemia encumbró a Larreta en las encuestas y lo distanció cada vez más en imagen de su referente histórico, Mauricio Macri, quien no sale del silencio ni del pozo en la consideración popular. Como Fernández con Cristina, inesperadamente se encontró con la posibilidad de ensayar un camino propio más rápido y con más peso específico político de lo esperado. Equilibrio decidió hacer Larreta, también, ante las provocaciones que aparecen del otro lado de la General Paz. El del PRO entiende la moderación pública como una de sus mayores virtudes.

Sabe que en algún sentido la tiene más fácil que el Presidente, ya que no debe lidiar con la economía ni con un opositor interno con la espesura y el dogmatismo de La Cámpora: para él administrar bien o mal la cuarentena es la clave de lo que pueda pasarle en las elecciones venideras y, conservador en general, elige siempre cerrar la canilla. Prefiere enojar a los comerciantes haciéndoles bajar de nuevo la cortina de sus negocios antes que imaginar siquiera un desbande de los contagios por coronavirus en la Ciudad. Por las dudas es su lema.

Fernández, en cambio, baila con la más fea. Su potencial éxito -y supervivencia política- requiere dos victorias: la sanitaria y la económica. La primera cuestión, por ahora, la va llevando, más allá de algunos traspiés con las cifras que muestran sus famosas “filminas”. La segunda, no se sabe. Como suele suceder, ante la urgencia se pierde de vista lo importante, y el eventual arreglo con los bonistas por la deuda, que se lleva toda la atención del momento, sería apenas el kilómetro cero de una imprescindible reactivación: basta salir un poco a la calle para ver hasta qué punto es profundo el descalabro y se ignora aún cuál será la propuesta para tratar de que la cosa arranque.

En ese contexto, ciertas cuestiones, que buena parte de la sociedad considera entre graves y gravísimas, son catalogadas por el Presidente como daños colaterales secundarios e inevitables. Las movidas de la Vice o de los apóstoles de la Vice para avanzar sobre la Justicia en pos de impunidad, para esmerilar a sus cercanos como Santiago Cafiero y Marcela Losardo o para proclamar propuestas radicales como la de quedarse con parte de las empresas que pidan ayuda al Estado, para él pasan a segundo plano de manera obligada: como buen surfer, entiende que no tiene sentido pelear contra las olas. Se trata de domarlas o dejarlas pasar. Sabe que para mantenerse en pie no hay que mirar la punta de la tabla sino a la playa, al objetivo último. Por más espuma que haya en el medio.

El riesgo que corren tanto Fernández como Larreta con sus respectivos equilibrios es, por supuesto, caerse. Con su postura actual, una suerte de laissez faire, el Presidente se arriesga a que un día le hayan copado el Gobierno entero. Hay gente que no entiende los códigos del surf: se suben a las olas sin fijarse si delante de sus tablas asoma la cabeza de alguien y lo pasan por encima. Larreta, por su parte, debe mantener una sintonía muy fina entre el miedo a la pandemia, el hartazgo por el encierro y la necesidad de trabajar: moverse a un lado u otro sin justeza lo hará tambalear y una vez que comienzan los vaivenes es complicado mantenerse parado.

El surf, cuando se montan olas grandes, es un deporte muy peligroso. Hasta letal, incluso para los mejores profesionales.