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La búsqueda de un pacto nacional, en la agenda de la iglesia desde 2001

La búsqueda de un pacto nacional, en la agenda de la iglesia desde 2001

Luego de que el Gobierno saliera a propiciar un módico acuerdo con la oposición sobre una serie de premisas económicas que le permitan capear la crisis, la Iglesia aprovechó el potente escenario del Tedeum por el 25 de Mayo para doblar la apuesta y proponer un “acuerdo nacional” sobre grandes problemáticas, comenzando por la pobreza.

En rigor, los obispos habían dado hace unos días una señal en ese sentido cuando, ante el convite presidencial para sumarse al diálogo propuesto a la oposición, respondieron favorablemente, pero pidieron que la convocatoria no se limite a los políticos, sino que incluya a otros sectores, y que la agenda sea consensuada por todos.

Tampoco la propuesta eclesiástica – encarnada por el arzobispo de Buenos Aires, cardenal Mario Poli – es novedosa. Ya en la crisis de 2001 , cuando la Iglesia católica tendió una Mesa de Diálogo acompañada por otros credos, los obispos clamaron por grandes acuerdos en torno a políticas de Estado en aspectos clave.

Pese a que de la boca para fuera buena parte de la dirigencia política decía estar de acuerdo con aquella propuesta, no terminó de cuajar. Y en la medida en que se fue saliendo de la crisis – de la Mesa de Diálogo surgieron los planes de Jefas y Jefes de Hogar, socialmente muy contenedores – cayó en el olvido.

El propio presidente de entonces, Eduardo Duhalde, que acogió favorablemente la Mesa de Diálogo, y es el día de hoy que destaca el papel de la Iglesia en aquellos momentos críticos del país, no terminó acompañando la idea de los obispos, particularmente una reforma política sobre la que se había avanzado.

Néstor y Cristina Kirchner como presidentes no solo ignoraron la búsqueda de grandes acuerdos, sino que se dedicaron a confrontar como un modo de acumular poder. Ese estilo mereció muchas críticas de la Iglesia, especialmente del entonces cardenal Jorge Bergoglio, precisamente en el Tedeum patrio.

En la campaña con vistas a las últimas elecciones presidenciales, los obispos volvieron a la carga con su propuesta ante los principales candidatos: Mauricio Macri y Daniel Scioli. El argumento era que, ganase quien ganare, ninguno iba a tener mayoría en el Congreso y que la herencia sería muy gravosa.

Ambos se comprometieron a llevar adelante la idea si ganaban. Pero tras su triunfo, Macri la dejó de lado. En realidad hizo lo que hacen – o hicieron hasta ahora - todos los gobiernos: aferrarse al poder y no abrirse por temor a que ello sea visto como una muestra de debilidad.

Ahora, la Casa Rosada parece volver parcialmente sobre sus pasos. El jefe de Gabinete, Marcos Peña, dijo al salir de la catedral que el Gobierno “está más o menos en la misma línea” de lo que propuso Poli. Claro que movido no tanto por la virtud, sino por la necesidad.

Habrá que ver hasta dónde se podría avanzar en el año electoral y cuánto debería quedar para después del 10 de diciembre. Por lo pronto, habría que sortear la extendida idea, no enteramente cierta, de que los acuerdos nunca funcionaron en el país. ¿No será por eso que no se sale adelante?

Y, por supuesto, haría falta grandeza de los protagonistas, un bien escaso. No obstante, una cosa ayuda: hoy hay mucha más conciencia en la dirigencia que en 2001 sobre la importancia de lograr grandes acuerdos. Acaso porque, como diría Borges, no los une el amor, sino el espanto.

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