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Lo bueno de saber escaparse

Lo bueno de saber escaparse

Huir, fugarse, escapar. Convertirse en un ser anónimo que vaga libre, perdido entre la muchedumbre, o en medio de un paisaje bucólico, alejado voluntariamente de la civilización aunque sea por un tiempo. Desde la antigüedad, la fantasía de la huida ha sido un sueño recurrente acunado por el hombre, que en general termina estrellándose sin remedio contra la realidad.

Remy Oudghiri, sociólogo y encuestador, parece haberle encontrado la vuelta a la utopía. Autor de “Pequeño elogio de la fuga del mundo”, convencido de que “el reto de la sociedad del futuro es reducir la contradicción entre los valores y los actos” palpa a diario, a través de su trabajo, cómo está vivo en todos aquel anhelo.

“La gente sueña con ello, lo veo en las encuestas. Hay una fascinación por la huida, por renunciar incluso al prestigio, sus normas y reglas y rituales y dejar de dar importancia al qué dirán”, ha dicho a La Vanguardia, para agregar “pero pocos lo ponen en práctica”.

Ciertamente, no es sencillo. Y, como bien decía Oscar Wilde, “ten cuidado con lo que deseas, puedes llegar a conseguirlo”. Por eso lo que Oudghidi propone no es llevar a cabo la gran utopía, por definición irrealizable, sino algo más concreto y terrenal.

Su idea de la huida, explica, no es escapar para siempre sino hacerlo para conectar con él en primer término y poder hacerlo después con los demás. Toma el concepto de Rousseau, entendiendo a la huida como el camino que conduce a la verdad individual.

La fuga de Ougdhini consiste en contemplar la belleza del alba. Dice que la maravilla de esa visión lo acompaña a lo largo de todo el día. Y está convencido de que si más gente lo pusiera en práctica, el mundo sería diferente. ¿Probamos?