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Los charlatanes de feria y sus remedios mágicos

Los charlatanes de feria y sus remedios mágicos

Charlatanes hay en política, en economía, en cultura. En el fútbol han encontrado un espacio llamativamente fértil. Pero el término tiene un origen bien específico. Fueron los italianos quienes bautizaron como “ciarlatano” a los vendedores de supuestas medicinas que iban en carros por los pueblos, atrayendo a la gente con música o algún tipo de espectáculo, para tratar de encajarles al final alguna pócima mágica: la venta de elixires milagrosos capaces de curar casi cualquier mal es una de las estafas más viejas de la humanidad.

El curro no conoció fronteras, a tal punto que charlatán se dice igual en español, inglés y francés, y en alemán es scharlatan. El tónico que vendían, generalmente con la ayuda de un cómplice que se mezclaba entre el público y “atestiguaba” sus beneficios, servía indistintamente para dolores de panza o reumáticos, para las caries, la caída del pelo, los “problemas femeninos” o las impotencias masculinas. Daba igual. El sistema funcionó de la Europa medieval al Lejano Oeste, en casi cualquier lado, desde el siglo XIII hasta entrado el XX. Hoy, a falta de carros, bien valen la tele e Internet. Ingenuos sobran siempre, y cuando se desata una pandemia como la del coronavirus​, los charlatanes engordan aún más sus billeteras.

La promoción del uso del dióxido de cloro como remedio para el Covid-19 es un gran ejemplo. Es un compuesto químico, una suerte de primo de la lavandina, usado como blanqueador en la fabricación de papel o en plantas de tratamiento del agua. También sirve como desinfectante de superficies. Tanto la Organización Panamericana de la Salud como la ONU desaconsejan su uso medicinal: advierten que “es tóxico, puede producir diarreas, neumonía y hasta la muerte”. Por supuesto, no se vende en farmacias. Sin embargo, se consigue en cantidad de sitios web y hay pilas de médicos que “generosamente” lo recomiendan.

Un vendedor con una muestra de dióxido de cloro en una farmacia de Cochabamba, Bolivia. Foto Danilo Balderrama/Reuters

Un vendedor con una muestra de dióxido de cloro en una farmacia de Cochabamba, Bolivia. Foto Danilo Balderrama/Reuters

Entre los defensores más notables de esta solución acuosa al 28% de clorito de sodio están la conductora Viviana Canosa, el músico Andrés Calamaro y el parlamento boliviano, que insólitamente autorizó su uso por ley. Conocido como “suplemento mineral milagroso” (Miracle Mineral Solution, MMS), es literalmente un veneno, responsable de cientos de casos de intoxicación severa. En Estados Unidos, el año pasado, causó conmoción una investigación realizada por dos madres que se infiltraron en grupos de Facebook de padres de chicos autistas que buscaban “curar” a sus hijos con baños de MMS, o se lo daban de tomar, o les hacían enemas con el líquido. El viejo combo de ignorancia más desesperación les siembra el campo a los aprovechadores. Aquellos que iban en carros al menos vendían un tónico inocuo, básicamente agua con alguna hierba.

El anhelo de una solución mágica también está detrás de algunas declaraciones vinculadas a la vacuna contra el coronavirus. Por ejemplo, el ministro de Salud bonaerense, Daniel Gollan, dijo que sin vacuna no habrá temporada de verano en la Costa. Y el gremialista Roberto Baradel dijo que “hasta que aparezca la vacuna, las clases presenciales serán una complicación”. Son dos personas informadas, que deberían saber que no, no habrá vacuna antes del verano ni vacunación masiva a los alumnos y docentes del AMBA antes de, con suerte, el segundo semestre de 2021.

No es mala onda: la vacuna aún no existe, y si bien hay varios proyectos muy bien encaminados, incluso de aplicación inminente, falta bastante para que lleguen a la Argentina los millones de dosis necesarias. Sea la de AstraZeneca con Oxford, la de Moderna, la de los chinos CanSino Biologics, la de Pfizer (cuyo ensayo en fase II/III arrancó en el Hospital Militar), o la menos creíble Gamaleya de Rusia, a todas les faltan pruebas primero, fabricación en serie después y distribución mundial finalmente. Es más que probable, además, que el Primer Mundo haga valer su peso (y los pesos que invirtieron) y tenga la prioridad para comenzar a inmunizar a su población. Sólo en Estados Unidos se estima que vacunar al 20% de la gente puede llevar de cuatro a seis meses, por obvias cuestiones logísticas. En Argentina no será más rápido. Así, dentro un año, agosto de 2021, salvo algún imprevisto dramático, la situación frente al coronavirus será más o menos como ahora: cierres parciales, rebrotes, testeos, protocolos varios.

Esperar la vacuna, como proponen Gollan y Baradel, es tratar de detener el tiempo. Y como cantaba Cazuza, el tiempo no para. Así como la cuarentena terminó de hecho (basta caminar Buenos Aires para comprobarlo), la nueva normalidad ya empezó. Adaptarse a ella de la mejor manera es tanto un gran desafío como algo inevitable. Sin lugar para charlatanes, en lo posible.