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Necesidades, urgencias y utopías regresivas en la pandemia

Necesidades, urgencias y utopías regresivas en la pandemia

La cuarentena alteró las lógicas de la acción individual y colectiva. Muchos acceden en sus casas al mundo digital. Otros son trabajadores imprescindibles de la economía real -médicos, enfermeros, personal de limpieza, de transporte, de seguridad. La política se reduce a tasas de letalidad, recuperados e infectados. Mientras tanto, se toman decisiones que condicionan el futuro de todos.

No se conoce la hoja de ruta del Presidente, pero los DNU trazan un camino en el que la oposición no es aliado para enfrentar la fenomenal crisis sanitaria, económica y social que atravesamos, sino blanco de los males que nos aquejan.

Se gobierna con poderes de excepción y el miedo en la sociedad, acompaña y suspende convicciones. El Congreso, convertido en escenario virtual, es irrelevante para fijar un rumbo. La feria judicial paraliza la acción de la Justicia. Sorprende el elogio del Presidente al feudo de Gildo Insfrán en Formosa-- una de las provincias más pobres del país en la que Insfrán gobierna desde 1995 de forma ininterrumpida gracias a la reelección sine die que supo conseguir.

Sorprende la utopía de país justo con ciudadanos pobres, pero iguales. Modelo jesuita del que se excluyen los altos funcionarios del gobierno: ninguna señal de austeridad asoma para los comandos del Estado. Con declarado desprecio hacia la meritocracia y en contradicción con un “gobierno de científicos”, como gusta calificar a su gobierno, el presidente Fernández avanza sin negociar el rumbo, concentrando poderes y con una coalición de apoyo enhebrada por quien hoy es su vicepresidenta y la que lo designara para presidir su exitosa fórmula presidencial.

Desde que cobramos conciencia de la letalidad del virus, nada funciona como antes. Las grietas que nos dividen proliferan: cuarentena o muerte, ricos miserables y pobres sufrientes, mientras el virus concentra su infectividad en los más pobres. Ciudadanos cuyos ingresos dependen del estado, y ciudadanos que deben procurárselos con su actividad formal o informal, enfrentan la cuarentena en condiciones muy desiguales.

Argentina no tiene los recursos para operar como estado reparador a la europea. Carecemos de moneda, de crédito y de ahorro y el Estado sigue siendo un rompecabezas desarmado sin que los gobiernos en democracia hayan sabido encajar sus piezas.

Más sectores de la clase media engrosan el contingente de los nuevos pobres. Argentina tiene una tradición igualitaria, pero la tendencia que divide a los que tienen y los que no; los de abajo y los de arriba, ha transformado la estructura social a tal punto que la idea de un mundo nuevo más justo y de igualmente pobres, puede entusiasmar a nuestro presidente. Modelo jesuita incompatible con una democracia liberal republicana.

Ello no sólo porque como ya advirtió Tocqueville, miseria y democracia no van de la mano. Cuando el Estado es sinónimo de voluntad del pueblo conducido por un liderazgo iluminado que prescinde de medicaciones institucionales, no hay ciudadanos, hay fieles y herejes.

Acaso el mundo que viene será muy distinto del mundo de ayer. No lo sabemos. Hay sólo conjeturas. Cómo será la Argentina, acaso un país más empobrecido que ya no podrá aspirar a una economía competitiva y a una sociedad de movilidad social. Las tendencias negativas no las inauguró la pandemia.

El descrédito de la política y la pérdida de valoración de la democracia no es de ahora, ya los sucesivos Latinobarómetros las registraron. El nacionalismo y la xenofobia son fantasmas que vuelven a recorrer el mundo.

Sin embargo, el proceso en curso de destrucción creadora, descripto por Shumpeter, puede readaptar el capitalismo a las nuevas condiciones del mundo del trabajo. Preservar la paz es posible. Los conflictos podrían encontrar cauce institucional. Argentina, en otra vuelta de tuerca, puede evitar las utopías regresivas, esta vez en versión franciscana. Como nos enseñó Albert Hirschman, cuando se espera lo inevitable, puede ocurrir lo imprevisto. Es la oportunidad de la política.