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Nick Cave, de cantante a novelista

Nick Cave, de cantante a novelista

Como uno de sus héroes, Leonard Cohen, el músico australiano Nick Cave va y viene del amplificador y la parafernalia eléctrica a las contusiones y los mutismos de la máquina de escribir. Muchas veces ha descrito su rutina como la de un hombre de oficina que se calza el traje a lo William Burroughs y se sienta a producir. Así, ha colaborado con su nobleza negra de guionista en películas como Ghosts… of the Civil Dead (1989), The Proposition (2005) y Lawless (2012). Para que no queden dudas de cómo quiere que se diseñe su lápida, el documental dedicado a su figura 20.000 días en la Tierra (2013), del dueto Jane Pollard e Iain Forsyth, arranca con un: “Me llamo Nick Cave, soy un escritor y este es mi día 20.0000 en la Tierra”.

Treinta años atrás, el líder de los Bad Seeds se sumergía por primera vez en la ciénaga de la ficción con Y el asno vio al ángel, una desmesurada y trepidante novela, que abrevaba tanto en William Faulkner como en Samuel Beckett. Como un niño proletario lamborghiniano, Euchrid Eucrow, hijo de un entorno hostil –madre, alcohólica; padre, psicótico–, nos adentraba en su derrumbe existencial en una comarca perdida del Estados Unidos de las primeras décadas del siglo XX; un chico mudo, que iba mudando de piel, con el faro de las obsesiones religiosas nublándole el horizonte.

Habrá que esperar hasta 2009 para que Cave volviese a atizar su faceta novelista. Reeditada en 2018 y distribuida en nuestros país en estos días, La muerte de Bunny Munro nos zambulle en el viaje al fin de la noche de un vendedor de productos de belleza –el intitulado Bunny Munro– en la costa meridional de la Inglaterra de este siglo. Padre abandónico y obseso sexual, Bunny se embarca en una tóxica y alucinada catarata de desventuras luego de que su mujer se suicide, cansada de sus constantes cuernos. El rastro de humor negro: ella se transforma en un fantasma que lo visitará en ciertas ocasiones.

Si Y el asno vio al ángel se leía atravesada por la complejidad y el trastorno de una mente asfixiada por demonios variopintos, en La muerte de Bunny Munro Nick Cave elige la transparencia y el burdo carrusel sexópata para pasearnos por una decadencia anunciada. Como contracara a este estropajo siniestro y pendenciero, nos dejamos maravillar por las observaciones y los dilemas de su hijo, Bunny Junior, un pequeño encandilado por la lectura de una enciclopedia que va con él a todas partes. “El escarabajo rinoceronte es la criatura más fuerte del mundo, presenta tres cuernos en la cabeza y puede levantar 850 veces su propio peso. Si una persona fuera capaz de eso podría levantar hasta 65 toneladas”, leemos con él sobre su fascinación por los datos.

Sin detenernos en la confusión que muchas veces implica interpretar la jerga traducida de otras lenguas –“(Bunny) aparca, se la casca (sonrisa feliz en la cara) y luego deposita unas gotas de pringue dentro del calcetín encostrado de lefa que guarda bajo el asiento del coche”, por ejemplo), y si pasamos por alto tramos con alto contenido políticamente incorrecto para los ojos de lectores consustanciados con las luchas del colectivo #NiUnaMenos –el baboso y creído de Bunny supone que todas las mujeres quieren tener sexo con él–, La muerte de Bunny Munro evidencia lo cómodo que se siente el polifacético Cave (es hermoso y recomendable el diario poético La canción de la bolsa para el mareo, 2015) a la hora de retratar las escorias que pululan en una sociedad como la inglesa.

La muerte de Bunny Munro, Nick Cave. Trad. Miguel Izquierdo. Malpaso, 237 págs.