Nacional

Para devolverle a Elena Garro su reino perdido

Para devolverle a Elena Garro su reino perdido

En 1947 Elena Garro tenía 31 años, vivía en Francia y su vida se debatía entre el tedio y la depresión. En la embajada mexicana en París, Octavio Paz lidiaba por las mañanas con el trabajo burocrático y por las tardes se reunía con filósofos y escritores. Su esposa se aburría: “Nada cambia en mi vida, excepto la niña, que crece”, le escribió al escritor argentino José Bianco, secretario de redacción de la revista Sur, a quien había conocido en París ese mismo año. Bianco se sintió tan fascinado por Garro que la tomó como modelo de Laura, la protagonista de La pérdida del reino y la animó a escribir novelas. En sus cartas, Garro le contaba que Paz se interesaba poco por ella.

En 1949 un acontecimiento rompió su rutina: el escritor argentino Adolfo Bioy Casares y su esposa, Silvina Ocampo, viajaron a París. Garro y Bioy se sintieron atraídos de inmediato. El 25 de julio de 1949, Bioy regresó a Buenos Aires y le mandó una carta de amor. Después de unas semanas de intensa correspondencia, Bioy, como Bianco, la animó a escribir textos más exigentes. “En este intercambio se nota quién es el escritor, y no soy yo”, le dijo. Elena Garro se enamoró. Las horas en su frío departamento ya no transcurrían como una repetición monótona, sino como una espera gozosa del amante. Mientras, veía desfilar a las amantes de Paz. Pero él era hombre, se decía. Bioy volvió a París en marzo de 1951. “Yo te daré un hijo”, le prometió Garro. “Ven a vivir a Montevideo”, le respondió él. Ella se decidió a aceptar la propuesta cuando supo que estaba embarazada. Pero se topó con Paz: —Ese hijo legalmente es mío. Y si te vas con Bioy no vuelves a ver a Helena.

Esa fue, según la reconstrucción de Helena Paz, la advertencia de su padre. Las ilusiones de una nueva vida en Montevideo se derrumbaron. Garro fue a ver a su médico, el doctor Lievain, y se practicó un aborto. Bioy Casares (según el relato de Helena Paz) se enfureció y se fue a recorrer Europa. Se vieron por última vez el 9 de agosto de 1951 en París y, dos días después, él se embarcó hacia Buenos Aires. Su romance carnal estaba concluido, aunque mantuvieron un amor epistolar hasta 1972. (...) A pesar de la pobreza, cargaba con seis baúles que pesaban 164 kilos, repletos de papeles. Guardaba cientos de cartas, los borradores de seis novelas y de muchísimos cuentos (...)

Mantuvo siempre una desastrosa relación con el dinero. Cuanto más tenía menos le alcanzaba y se enredaba en deudas nuevas para pagar otras viejas. Disfrutaba de los buenos vestidos, los abrigos de piel y los collares de perlas tanto como de vivir en barrios elegantes. (...)

A Elena Garro y a su hija les gustaban los vestidos de alta costura. Caía un cheque de Octavio Paz y corrían a comprarse trajes de Chanel o Dior aunque al otro día se quedaran sin comer. Si tenían dinero compraban saleros de plata Cartier y abrigos de antílope. Amaban a los animales y sentían profunda compasión por los gatos abandonados. Los recogían y gastaban fortunas en la comida para ellos. Eran asiduas al teléfono y tenían amigos en diversas partes del mundo. Las cuentas eran estratosféricas. (...)

Abundan los escritores mexicanos con episodios biográficos oscuros. Pero a Elena Garro nunca se le perdonó la media hora funesta en la que acusó a sus colegas. Se le cobró que denunciara la hipocresía de sus pares que se labraban una reputación como críticos del régimen pero recibían dinero y prebendas del gobierno. Se le cobró que fuera mujer y que apuntara sus dardos contra personajes de tanto peso para la cultura como Fernando Benítez y Carlos Fuentes. Se le cobró que no se alineara con la izquierda estalinista ni con la facción dominante en el PRI. Y se lo cobraron amigos y enemigos.

Extremas, AA.VV. Leila Guerriero (Ed.). Ediciones Universidad Diego Portales, 527 págs.