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¿Qué tan éticos somos los argentinos?

¿Qué tan éticos somos los argentinos?

Cada vez que hemos realizado la encuesta anual sobre “Corrupción y Solidaridad” nos llevamos entretenidas pero lamentables sorpresas.

Por ejemplo, en la última versión (2018) pudimos advertir que en nuestro castigado país (en este caso éticamente hablando), casi un 25% de los individuos admite que estaría dispuesto a coimear a un servidor público a fin de evitar una multa. Sin embargo, los respondientes aseveraron que el 75% sí lo haría. Y de igual manera pudimos comprobar esta brecha entre la autopercepción y la opinión sobre los demás al consultarlos sobre si pudiera tomar dinero de un banco sin que nadie supiera. En otras palabras, esto equivale a suponer que uno es del todo o medianamente honesto, pero no así el grueso de quienes nos rodean.

Numerosos estudios han demostrado que todos mentimos, algunos más que otros, y que la mentira es una “necesidad de nuestras circunstancias”. Están los manipuladores que lo hacen para herir, abusar y aprovecharse de los demás. Otros mienten para sentirse mejor, para lograr algo que les es útil, para halagar a otro, incluso con supuestas buenas intenciones. Resulta ridículo, pero real, que ocho de cada 10 pacientes reconocen que mienten a su médico.

De una u otra manera, la mentira lleva implícita una contingencia que podría desencadenar consecuencias en el futuro.

Y tal percepción negativa del otro es proporcional a la desconfianza que nos tenemos. No es sencillo confiar en quien engaña, ni siquiera intentándolo con las mejores intenciones de perdonar ante una mentira descubierta. Mucho más difícil aún es confiar en quien mediante el engaño roba o quien defiende a quien se queda con lo ajeno.

Muchas de las doctrinas filosóficas se refieren a la justicia como una de las virtudes más relevantes, cuya práctica establece que se ha de dar al prójimo lo que es debido. Esto no es otra cosa que “no hacer al otro lo que no te gustaría que te hagan a ti” (a mi gusto, la frase fundacional de la ética). Pues practicar la justicia supone respetar los derechos de cada uno y en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y el bien común.

Un pequeño y efectivo ejercicio que a veces recomiendo es auto interpelarnos críticamente: ¿Exijo que se respeten mis derechos?, ¿respeto el derecho de los demás?, ¿me siento maltratado por los otros?, ¿cómo trato a los demás?

Ponerse en el lugar del otro es un deber no excusable en vida de cada ser humano. Resulta poco viable considerar la convivencia humana sin un principio ético que parta de honrar al otro. No es casual que el filósofo español Fernando Savater sugiera que “cuando vayas a hacer algo, piensa que el otro es otro tú” y esto significa en otras palabras que, tal como lo expresó Efrón, que “cuando le haces algo a otro, en realidad te lo estás haciendo a ti porque es el otro quien confirma tu humanidad”.

Una sólida educación y fuertes valores éticos influyen en la percepción y comprensión de los efectos negativos de la corrupción y la necesidad de repelerla. No habrá ley anticorrupción efectiva si no existe una posición férrea de no tolerancia a la corrupción por parte de la sociedad. Por el contrario, si no fuésemos capaces de lograrlo, lo peor estará por venir.

Carlos Fernando Rozen es Director de Ética y Compliance (AAEC-UCEMA)