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Un nuevo gobierno: entre la euforia y la histeria

Un nuevo gobierno: entre la euforia y la histeria

Entre la euforia de unos y la histeria de otros: así transcurre el cambio de gobierno. La euforia de quienes imaginan que el triunfo del Frente de Todos supone el advenimiento del reino de lo justo en nuestro dolido país, y la histeria de aquellos que están convencidos de que, por el contrario, ese triunfo no es otra cosa que la reinstauración del autoritarismo populista o, más llanamente, del mal.

Entre la euforia de unos y la histeria de otros poco espacio queda para la mesura, para una mirada escéptica, carente de esperanza pero también de inquina, que ve en la sustitución de una coalición por otra, fundamentalmente, la consecuencia de un nuevo fracaso, uno más en la reiterada sucesión de experimentos fallidos que se ha convertido en la marca común de los gobiernos de la democracia.

Aunque naturalmente menos sonora que los gritos de entusiasmo de los adherentes o los alaridos de pánico de los nuevos opositores, es sin embargo esa mirada la que da cuenta de lo único bueno que la política podría proporcionar a la sociedad argentina: pequeñas soluciones provisorias, parciales, modestas, no la refundación de la patria bajo el signo de la épica sino el establecimiento de un marco de acción común propicio para hacer del futuro algo mejor que el presente: una aspiración sencilla que parece improbable. Ya que desde hace medio siglo nuestra única certeza ha sido que el futuro será peor que el pasado, la conducta aparentemente racional de todos los actores ha consistido en depredar el presente, en defender los privilegios que permiten capturar en el corto plazo las rentas que, se descarta, no estarán disponibles más adelante.

Una vez más, entonces, el desafío principal del nuevo gobierno consiste en reponer la confianza en la existencia del futuro. Pero en una sociedad fragmentada y polarizada, con los oprobiosos niveles de pobreza y desigualdad de la nuestra, la palabra "futuro" no suena con igual sentido en todos los oídos: el futuro problemático es a la vez, literalmente, mañana para quienes han sido progresivamente privados de todos los recursos necesarios, simbólicos y materiales, con los cuales proyectarse hacia adelante, y es el mediano y el largo plazo para quienes cuentan con la posibilidad de extender su horizonte de expectativas.

El gobierno debe atender las exigencias de estas diversas temporalidades, unas sometidas a la imperiosa urgencia de lo imprescindible, otras a la legítima voluntad de diseñar trayectos vitales, individuales y colectivos, que no se vean una y otra vez interferidos por las reiteradas crisis de nuestro país.

¿Será el gobierno que se inicia capaz de garantizar un mañana para los más necesitados, ampliando el horizonte futuro para el conjunto de la sociedad? ¿Será un gobierno de hoc mesoi, de personas mesuradas, que contribuyan a aplacar la euforia de unos y la histeria de los otros, proponiendo un modesto sendero de reformas, una distribución equitativa de las responsabilidades y una asignación de los esfuerzos adecuada a las posibilidades de los diversos miembros de la sociedad? ¿Podrá, en caso de proponérselo, afectar los incontables sistemas de privilegios que llevan a los actores a defender sus posiciones, bloqueando toda transformación y preservando el lamentable estado de las cosas?

Porque el intento de reponer la posibilidad de futuro, conculcada hace tanto tiempo entre nosotros, entraña un riesgo para la sociedad que deriva de una tentación de los gobiernos: que éstos aspiren a dotar a ese futuro de contenidos precisos bajo la forma de la utopía. ¿Podrá el gobierno sustraerse de esa recurrente tentación, evitar la trampa salvífica de la utopía?

Porque, lo sabemos demasiado bien, la utopía de unos es siempre la distopía de los otros.

(*) Fundador de Katz Editores

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  • Alberto Fernández

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