Política

El futuro no admite amagues: negociaciones hasta que duela

El futuro no admite amagues: negociaciones hasta que duela

No existen antecedentes del macrismo saliendo de los lugares que conquistó con votos. En Boca, el lugar que eligió Mauricio Macri para ingresar a la política, no hubo cambios de color desde 1995. En la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta quedó en posición de encadenar el cuarto mandato consecutivo del macrismo. Los resultados de las PASO para Presidente, y también para gobernador bonaerense, vuelven casi imposible que Juntos por el Cambio mantenga ese récord luego de las elecciones de octubre. Pero la distancia casi irremontable que consiguieron Alberto Fernández y Cristina Kirchner pone el foco sobre preocupaciones más profundas que la curiosidad estadística.

¿Está dispuesto el Gobierno a buscar caminos para menguar la incertidumbre económica que se profundizará con el resultado de la elección?

Los cambios en el Gabinete que ya venían analizando en la Casa Rosada para los próximos meses y el refuerzo de la alianza oficialista con caricias a los sectores más enojados del radicalismo ya no alcanzarán para conseguir ese objetivo.

Una derrota tan contundente obliga a Macri a entablar conversaciones públicas y reservadas con el kirchnerismo que se impuso este domingo. Un Gobierno en una situación de debilidad como la que se transparentó en las mesas de votación queda comprometido a buscar mecanismos de sustentación fuera de propia alianza, y con la polarización revelada este domingo no existen muchos dirigentes no kirchneristas que tengan la legitimidad necesaria para llevar adelante esa tarea. Anoche, varios dirigentes del Gobierno admitían que la crisis podría volver inevitable esa conversación.

Esas negociaciones no necesariamente deberán plantearse como un diálogo para la transición, porque un resultado en una PASO no es determinante, pero sí le servirán al Gobierno, y también al kirchnerismo, para mostrarle a la sociedad que los dos polos de la grieta desean que los meses hasta octubre transcurran con la mayor tranquilidad posible.

El modelo económico que desplegó Macri en estos años, los trazos que pudo implementar pero también el dibujo que siempre tuvo en su cabeza, encierra una contradicción con angustias electorales insalvables. Macri suele decir que su mayor logro en la Casa Rosada fue abrir mercados para que las empresas argentinas puedan vender sus productos en el mundo. El problema es que, por lo que se vio en estos meses, los sectores que están mejor posicionados para esa carrera exportadora son los de la energía y el campo. Es un problema porque el petróleo o la soja no se consiguen en zonas donde viven muchos votantes.

Las cifras del INDEC muestran el costado más palpable de esa situación. El 3,5% de desempleo en el conglomerado urbano de Neuquén-Plottier y el 2% de Comodoro Rivadavia-Rada Tilly (florecientes gracias a Vaca Muerta y la industria petrolera energética tradicional) contrastan con el 12,3% de desocupación de los partidos del conurbano bonaerense, el tesoro electoral de Cristina Kirchner, y también de Axel Kicillof.

Las otras manchitas de prosperidad que se pueden ver en el mapa de la recesión de hoy son las de los pueblos que viven de las exportaciones agrícolas y ganaderas, que se oscurecen por el tamaño de las penurias de otros conurbanos superpoblados como los de Gran Tucumán-Tafí Viejo, el Gran Córdoba, el Gran Rosario o Mar del Plata, todos con cifras de desempleo superiores al 10% y con buena parte de sus vecinos subocupados.

En términos electorales, podría decirse que, en esa situación, Macri quedó condenado a juntar sus votos por unidad y el kirchnerismo los colectó por peso. La economía a dos velocidades -o en direcciones opuestas- tiene esas particularidades.

En sus conversaciones en privado, el Presidente avisaba hasta hace algunas semanas que no estaba entre sus ideas compensar esos desbalances con las herramientas de otro tiempo, como la transferencia que implica la suba de las retenciones a las exportaciones o los subsidios a los servicios públicos que consumen los habitantes de las grandes ciudades.

Anoche, en su primer discurso victorioso, Alberto Fernández buscó diferenciarse todo lo que pudo de Macri, incluso más de lo que había ensayado en los tramos más calientes de la campaña. Es cierto que la reacción natural de cualquier político es alejarse de cualquier cosa que huela a derrota, pero el candidato del Frente de Todos también podría verse frente a la necesidad de abrir conversaciones con el Gobierno que le permitan presentarse como un hombre distinto a Cristina, que prefirió dar un portazo antes que sacarse una foto con sus adversarios políticos.