Política

Emilio Gibaja, el último cruzado contra el Perón del '45 que manejó la prensa de Arturo Illia y Raúl Alfonsín

Emilio Gibaja, el último cruzado contra el Perón del '45 que manejó la prensa de Arturo Illia y Raúl Alfonsín

Milo, le decían desde su temprano activismo estudiantil. Durante los primeros gobiernos de Juan Perón era considerado un indomable: lo metió preso tres veces (en Olmos, en Devoto y en la vieja penitenciaría del Parque Las Heras), la última de ellas en 1954, cuando Emilio Gibaja ya era presidente de la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA).

"Para el radicalismo era una leyenda", afirma Juan Manuel Casella, su último referente político y con quien Gibaja compartió la "mesa de los viernes" junto a otros "históricos" del partido hasta una semana antes de la cuarentena. "Se fue yendo de a poco", le dice el ex ministro alfonsinista a Clarín.

Gibaja falleció este sábado a la madrugada, a los 88 años, en su departamento del barrio de Tribunales, después de haber estado internado por una caída producto de su débil estado físico. Fue publicista, abogado y editor de libros de historia, pero sobre todo un hombre de íntima confianza de los dos últimos próceres de la UCR.

En 1963 había asumido su primer cargo como director de Prensa y Relaciones del gobierno de Arturo Illia y en 1983 como secretario de Información Pública de Raúl Alfonsín.

Desde esa función ayudó a restablecer la libertad de prensa y de expresión, tras los oscuros años del proceso militar. Acompañó a Alfonsín hasta 1985 y tras una reestructuración en el gobierno fue reemplazado por Juan Radonjic.

Desde afuera del gobierno y luego cuando el radicalismo volvió al llano, siguió militando sin descanso. En las tertulias partidarias se destacaban sus advertencias sobre las distintas estrategias que adoptó el peronismo en el poder. Siempre lo consideró un movimiento populista y autoritario.

A principios de la década del 50 era el radical más notorio en un movimiento estudiantil nutrido de socialistas, comunistas y anarquistas que defendían el reformismo universitario en contraposición con la postura intervencionista de Perón.

En una de sus tantas charlas contó que en 1951 fue detenido en una comisaría de Boulogne, donde le aplicaron la picana eléctrica, antes de haber ser alojado en el penal de Olmos. Su pecado había sido el de encabezar una columna estudiantil de respaldo a la huelga de los maquinistas de La Fraternidad, uno de los pocos gremios que se atrevieron a enfrentar al gobierno de entonces.

Un año más tarde, la muerte de Evita lo sorprendió en la cárcel de Devoto, tras una revuelta en la Universidad de Buenos Aires.

Lo relató así: "Eramos más de cien los detenidos, entre socialistas, radicales, anarquistas del Sindicato de Plomeros y los 'eslavos' procesados por la Ley 4144 que llevaban tres años presos". Y siguió: "cuando murió Evita tuvimos que rendirle un 'espontáneo' homenaje diario, parados delante de nuestras camas a las 8.25, la hora fijada para que la 'señora pase a la inmortalidad'". Para rematar: "De no hacerlo, éramos enviados al 'triángulo de castigo' por 30 días".

Ya en 1954, como presidente de la FUBA, Gibaja fue llevado a la desaparecida Penitenciaría de Las Heras (frente al parque de Avenida Las Heras y Coronel Díaz) junto a otros 114 dirigentes que habían comenzado una huelga estudiantil. Estuvo casi un año: sus compañeros de militancia eran César Milstein, Carlos Corach, Félix Luna, Rodolfo Ortega Peña, Mariano Grondona, Guillermo O'Donell y Jorge Roulet, entre otros que se proyectarían a la actividad pública desde distintas trincheras.

Milo, como le decían, se mantuvo siempre fiel a su radicalismo de origen, pese a las divisiones y los altibajos partidarios. Y las generaciones que heredaron su entusiasmo por la militancia se lo reconocían. Al punto que a mediados de los 90, el presidente de la UCR Capital, Pedro Calvo, le ofreció a modo honorífico la presidencia del Tribunal de Conducta. Fue el último cargo que Gibaja ocupó.