Política

¿Líderes políticos o jugadores de la política?

¿Líderes políticos o jugadores de la política?

El Pacto de Olivos fue el entendimiento de Raúl Alfonsín y Carlos Menem para la reforma constitucional ocurrida en 1994. Para Alfonsín, las ideas centrales eran intentar un régimen constitucional menos presidencialista y categorizar a los partidos políticos en la nueva Constitución.

La creación de la Jefatura de Gabinete de Ministros no atenuó el presidencialismo y la constitucionalización de los partidos políticos implicaba esperanza: en 1993/94 los “espacios políticos” comenzaban a ganar predicamento. Se empezaba a “entender” que hacer política se agotaba en las entrevistas radiales y televisivas. Medió idealización: dándole a los partidos políticos jerarquía constitucional, se afianzaría su existencia, más allá de sellos, de alquimias, de vedettismo.

Se superaba el individualismo del líder. La aspiración del artículo 38 de la Reforma de 1994 quedó en aspiración. Cada convocatoria electoral fue testigo de la fuga de ideas, plataformas, campañas, afiliaciones, debate interno, elecciones convocadas por dentro de los partidos y no por “el dedo”. La memoria me lleva a 1960; desde el Partido Socialista Argentino hubo que elegir la candidatura a senador por la Capital Federal: Alfredo Palacios parecía tener más votos internos que un joven abogado (Andrés López Accotto), preocupado él por los derechos humanos y por la ayuda a los necesitados. Don Alfredo triunfó sobre Andrés y todo el PSA, aún los que no lo habían votado, se encolumnó en el intento de ganar las elecciones de 1961 para la senaduría de la Capital Federal. Aquel 5 de febrero de 1961 se derrotaba al frondizismo. Con Palacios, al día siguiente, íbamos a visitar a los presos Conintes –trabajadores militarizados por el oficialismo-, alojados en la Penitenciaría Nacional (Avda. Las Heras y Coronel Díaz).Casi todos los partidos tenían elecciones internas. Era lo natural.

Alguna vez habrá que estudiar a fondo si la licuación de los partidos –fracaso de la Reforma de 1994- obedecía a la consecuencia de las feroces dictaduras del Partido Militar o a algo más: acaso la claudicación del Estado de Bienestar, acaso la polarización internacional –la URSS frente a los EEUU-, acaso la insuficiencia de los Principios de Bandung (1955/1960) que pretendieron instaurar un neutralismo inviable.

Cuando el Juez Federal electoral –el muy culto Leopoldo Insaurralde- reunía a los apoderados de los partidos políticos en el único edificio de Tribunales, tenía él -1958/1960- la convicción de que tales apoderados respondían a la existencia real de los partidos políticos. El fracaso de haber entrado los partidos políticos en 1994 en la Constitución Nacional no cambió el panorama: en estos días ha tenido su ¿máxima? evidencia. El saltimbanquismo de un lado; el ingreso de figuras impensables como precandidatos; el absoluto silencio de los “cambiantes” respecto del por qué de su cambio –plataformas, programas, ideas y el “cómo” de su ejecución- ha logrado un triste esplendor.

Fugas, sustituciones, han puesto -como nunca antes- en crisis la idea de la representación. La sorpresa ha ganado a la improvisación. Grave que todo esto tuviera ya carta de ciudadanía: catorce años atrás, nos conmovía la borocotización: un médico elegido por un partido político y sin haber aún asumido el cargo, se cambiaba de partido. Ya no ¿Será así para siempre?

Si el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes –art. 22 de la C.N.- ¿cómo hace para saber quiénes de veras son sus representantes? El espectáculo que se evidenció el sábado pasado tuvo poco que ver con la Política –con mayúsculas- y sí con los afanes de ubicación. Triste.

Ricardo Monner Sans es abogado, presidente de la Asociación Civil Anticorrupción.