Política

Los eufemismos de la política

Los eufemismos de la política

“Oxigenación” se le dice al levantamiento parcial de la cuarentena. “Presos políticos”, a los políticos presos no por sus ideas sino por los ilícitos que cometieron valiéndose de las facilidades de sus cargos. “Persecución política”, en consecuencia, a hacer justicia. “Desprolijidades”, a los hechos de corrupción. “Desvío de fondos”, al robo perpetrado por algún funcionario. “Crecimiento negativo”, a la ausencia total de lo que se nombra en primer término y es simple decrecimiento, disminución o, lisa y llanamente, recesión. “Tensión o reacomodamiento de precios”, a la inflación y “sinceramiento de precios” al tarifazo. “Reperfilamiento de deuda” encubre algo muy parecido al default. “Sacado de contexto” equivale a haberse ido de boca y no tener marcha atrás. Un impuesto “por única vez” es uno que llega para quedarse. “Solidario” es todo esfuerzo que se hace con la plata de los otros. Por “sintonía fina” debe entenderse ajuste; por “corralito”, el bloqueo de los depósitos bancarios de los ahorristas, y por “candidatos testimoniales” a todos aquellos que no tienen la menor intención de asumir la banca para la cual serán votados. El discurso político está plagado de palabras que disfrazan o maquillan lo que verdaderamente nombran. Eufemismos, digamos, que como “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante” define el Diccionario de la Real Academia Española. Autor de “1984” y “Rebelión en la granja”, entre otros títulos, George Orwell es un poco más directo: “ El lenguaje político está diseñado para lograr que las mentiras parezcan verdades y el asesinato, respetable, y para dar una apariencia de solidez al mero viento”, escribió en un ensayo en 1946. También sostuvo, en el mismo trabajo, que “si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento”, de modo que “esta invasión de la mente por frases hechas sólo se puede evitar si se está continuamente en guardia contra ellas, y cada una de esas frases anestesia una parte del cerebro”.

Como se aprecia, la costumbre no es novedosa, ni autóctona, ni privativa de un partido o siquiera de un sistema de gobierno. La dictadura del ‘76 acuñó aquí el término “desaparecido” para el detenido ilegal que ya sabían asesinado o en vías de serlo. Tan seria, y tan extendida y universal es la costumbre de no llamar a las cosas por su nombre en el terreno de la cosa pública, que el español Francisco José Sánchez García, profesor de la Universidad de Granada, le dedicó una investigación que publicó como “Eufemismos del discurso político. Las claves lingüísticas del arte del disimulo”.“El eufemismo es un mecanismo indudablemente efectivo, que pasa por convertir el lenguaje en el espejo que nos muestra tal y como nos gustaría que nos vieran”, declaró al presentar su trabajo, en el que recopila algunas expresiones usadas por distintos gobiernos españoles como “protocolo de borrado seguro”, por la destrucción de las computadoras de un ex tesorero del Partido Popular para hacer desaparecer pruebas comprometedoras o “movilidad exterior”, por la salida forzada del país de jóvenes sin posibilidad de conseguir trabajo. La pretensión del enmascaramiento alcanza incluso a cuestiones menos espinosas. Otros analistas recuerdan que la separación de la infanta Elena y Jaime de Marichalar se presentó como un “cese temporal de la convivencia”. También llega al ámbito judicial: un fiscal, aquí, acaba de calificar como “desahogo sexual” una violación en grupo.

Si bien, igual que la mentira, en algunos casos el recurso eufemístico puede tener patas cortas, es indudable que es efectivo. De allí la perseverancia en su uso. Y su toxicidad. Volvemos a Orwell: “El gran enemigo del lenguaje claro es la falta de sinceridad. Cuando hay una brecha entre los objetivos reales y los declarados, se emplean casi instintivamente palabras largas y modismos desgastados, como un pulpo que expulsa tinta para ocultarse”.