Salud

En el Reino Unido, el Servicio de Salud le gana en popularidad a la familia real

En el Reino Unido, el Servicio de Salud le gana en popularidad a la familia real

Por STEPHEN CASTLE


LONDRES — Afuera de su hogar en el sur de Londres, Gill Cronin golpea una cacerola con una cuchara mientras una motocicleta pasa tocando la bocina. Justo a las 20, la calle estalla en un ruidoso tributo a los trabajadores de salud de Gran Bretaña.

“Son increíbles y no han sido suficientemente valorados”, dijo Cronin, trabajadora escolar de apoyo, quien ofrece su agradecimiento todos los jueves por la noche y describió lo que significa el Servicio Nacional de Salud de Gran Bretaña (NHS por sus siglas en inglés) para ella: “Todo”.

Con su propuesta de cuidado de la salud gratuito, el NHS personifica las cualidades que los británicos piensan que representan lo mejor de su nación. Ahora, mientras el gobierno es acusado de manejar mal la pandemia, los trabajadores de salud arriesgan, y en ocasiones pierden, sus vidas. El servicio de salud, que antes de la crisis era considerado profundamente atribulado tras 10 años de austeridad y descuido, se ha convertido en punto de unión para la nación.

Incluso antes de la llegada del virus, el servicio de salud, pese a estar luchando, probablemente todavía era la institución más respetada de Gran Bretaña. Se ubicó en primer lugar, y significativamente por encima de la familia real, en un sondeo de 2016.

En la inauguración de los Juegos Olímpicos del 2012 en Londres, el servicio fue presentado junto con símbolos tan británicos como la Reina Isabel II y James Bond. Y era tan popular en una era anterior que Nigel Lawson, ex ministro de Economía, lo describió como “lo más cercano que tienen los ingleses a una religión”.

En épocas normales, una veneración así suele dejar perplejos a los escépticos que asocian el servicio de salud de Gran Bretaña con hospitales dilapidados, doctores agobiados y largas esperas para cirugías. Con una población en proceso de envejecer y una demanda al parecer ilimitada —pero un financiamiento extremadamente limitado— el servicio de salud a menudo se complica.

Sin embargo, cuando falla suelen ser los políticos en lugar de los médicos clínicos, quienes asumen la culpa. Los políticos han intentado asociarse con este símbolo nacional siempre que es posible, y nadie lo ha hecho tanto como el Primer Ministro Boris Johnson.

En el referéndum sobre Brexit en 2016, el argumento de Johnson a favor de dejar la Unión Europea se basaba en parte en una promesa de desviar el costo de la membresía de Gran Bretaña en el bloque (que él exageró) hacia un NHS amenazado.

En semanas recientes, Johnson ha dependido del servicio de salud de forma muy diferente —y también ha hablado de eso. Al ser dado de alta del hospital tras ser tratado por Covid-19, agradeció al servicio de salud por salvar su vida, y ofreció una emotiva declaración en la que prodigó elogios a las enfermeras que lo habían atendido.

Mientras el gobierno de Johnson ha batallado para contener el coronavirus, ha intentado echar mano de la popularidad del servicio de salud, al presentarlo prominentemente en un eslogan en el que exhorta al cumplimiento del confinamiento: “Quédate en casa. Proteje al NHS. Salva vidas”.

Los británicos han confiado en el NHS desde 1948, cuando fue creado por un gobierno laborista tras la Segunda Guerra Mundial para forjar un país que erradicaría los “cinco males”: necesidad, enfermedad, miseria, ignorancia y ociosidad.

Pagado a través de impuestos generales y deducciones del sueldo, proporciona tratamiento a todos sin que haya intercambio de dinero, salvo unas cuantas excepciones.

A raíz de la crisis financiera de 2008, el NHS quedó mal preparado para la pandemia, luchando para expandir su capacidad de cuidados intensivos y asegurar equipo básico.

Pero algo de lo que el servicio de salud de Gran Bretaña no carece es del apoyo de su población.

“El NHS es casi sagrado”, dijo Timothy Garton Ash, profesor en la Universidad de Oxford. “Se ha convertido en la nueva Iglesia de Inglaterra”.

© 2020 The New York Times