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La ética, la mentira y la verdad: la política, el periodismo y la ciencia

La ética, la mentira y la verdad: la política, el periodismo y la ciencia

De Maquiavelo en adelante, la verdad y la política ya no tuvieron que fingir ese matrimonio incómodo. Nunca sabremos si el florentino realmente recomendó el divorcio, como algunos dicen, o si por el contrario, solo vino a confirmarle al pueblo lo que para entonces ya era un secreto a voces. Lo cierto es que conforme la obra del gran Nicolás fue esparciendo sus tentáculos por el mundo, por más que elección tras elección finjamos una indignación socialmente aceptada, nadie espera realmente que aquellos que salen a conquistar la mente y el corazón del votante, lo hagan esgrimiendo la espada de la verdad o el escudo de la convicción.

En la práctica, hemos podido convivir de manera bastante razonable con esos niveles electorales de “realidad atenuada”, por decirlo de algún modo. Si bien comenzamos aceptando que la conquista del poder implica “decorar un poco las palabras”, apelar más a los sentimientos que a la razón, iluminar virtudes propias y defectos del adversario, mientras se oscurecen sutilmente al mismo tiempo las miserias personales y los aciertos de aquél otro que el destino llama a derrotar, hoy ya nadie se escandaliza realmente si se traspasa ese límite y se llega a la mentira manifiesta. Seamos sinceros.

La cuestión que venimos a plantear no se asienta en el campo de la política, pero le es relativamente cercana. La pregunta que nos planteamos tiene que ver con señalar en qué otros campos aceptamos que la verdad también se doble hasta llegar a romperse, más de una vez.

Exceptuando a la contienda electoral, en donde como argumentamos anteriormente, cierta falsedad al ser ya conocida nos ha dotado de anticuerpos, ¿dónde y con qué consecuencias admitimos y practicamos ese exceso de tolerancia para con la mentira?

Si quitamos de la ecuación a los políticos, en el ámbito público nos quedan otros dos comunicadores privilegiados: el periodismo y la ciencia. También en el caso de los primeros, como sucede con los políticos, hemos ido aceptando paulatinamente que la pretensión de imparcialidad es insostenible. No solo porque la natural subjetividad de cada uno lleva a hacer un recorte de la realidad que sesga lo que se transmite (lo cual es casi inevitable), sino porque hemos incorporado también a la ecuación diaria el hecho de que el periodismo del mismo modo se encuentra comprometido en un entramado velado profundamente cercano al de la política.

Si hasta hace algunas décadas podíamos aceptar que el político tergiverse un poco al ofrecerse al electorado, pero no que mienta abiertamente, del periodismo no esperábamos el nivel de certeza de un científico, pero al menos sí la imparcialidad de enfoques y el intento (si más no sea el intento) de encontrar la verdad. En ninguno de los dos campos, eso ya sucede. Con honrosas excepciones, las más de las veces, consumimos las noticias asumiendo una inclinación a priori que lejos está de pretender algún tipo de ecuanimidad.

Lo que Maquiavelo fue a la política, Thomas Kuhn lo fue para el mundo científico"

Desacralizado el avance de este campo como un proceso absolutamente racional en donde los científicos buscan la verdad por sobre todas las cosas, este filósofo norteamericano desnudó una trama de intereses, sesgos, apegos e intencionalidades, en donde el acercamiento a planteos más certeros lejos estaba de resultar evolutivo sino literalmente algo revolucionario.

Si desde Kuhn también los científicos en particular quedan bajo la mira, a partir de Pierre Bourdieu todos los intelectuales en general pasan a ser interpelados en el pretendido rol de libre pensadores y buscadores de verdad, comenzando de manera firme y categórica a ser considerados en realidad militantes de diversas causas e intereses.

¿Y entonces qué?

No tenemos respuesta, pero sí una pregunta que debiera llamarnos a los gritos a revaluar nuestras premisas: la ética no es una ciencia teórica sino práctica, destinada a favorecer la convivencia entre sujetos naturalmente políticos y sociales.

La verdad, en tal sentido, es un elemento esencial de la ética. Por tanto, ¿cuán posible es la convivencia pacífica sin este elemento? ¿Cuán buena, en términos de los clásicos, puede ser la vida sin la verdad de por medio?

Tal vez por ahora no haya más respuesta posible, que una generada en nuestra propia conciencia, en honor a la verdad.

(*) Politólogo, consultor y docente.

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