Vida

"El adulador", una obra con belleza, diversión y actualidad


Luciano Suardi es el adaptador y director de "El adulador", una comedia de Carlo Goldoni que pone en ridículo a quienes en el siglo XVIII buscaban privilegios del poder a toda costa, que con las actuaciones protagónicas de Alejandro Awada, Guillermo Arengo y Noralih Gago se verá en el Teatro Regio desde el 28 de junio.

"Hace muchos años me llegó la obra desde España y no tengo registro de que se haya estrenado en nuestro país -dijo Suardi en diálogo con Télam-. Me había llamado la atención su vigencia y cómo se diferenciaba de las obras de Goldoni más conocidas y representadas".

"Precisamente por su costado político, no conozco otra que tenga por protagonistas a un gobernador, su mujer y a su secretario, un ministro adulador, en una crítica tan mordaz de una clase corrompida", señaló.

Télam: -¿Eso te llevó a plasmar esta versión?
Luciano Suardi: -Cuando me proponen dirigir una obra para el Regio y me cuentan que preferían una comedia, que el eje de la programación de este año iba a ser político y que la temporada internacional iba a ser italiana, recordé esta comedia y me volvió a sorprender en su relectura.

T: -¿El texto tiene un valor de coyuntura o es más que nada universal?
LS: -Más allá de tratar sobre debilidades humanas no solo atribuibles a 1750, cuestiona manejos políticos turbios, el pedido de coimas, la prisión preventiva sin proceso, las causas armadas, la obsecuencia, las traiciones.

"El adulador" critica a una clase que maltrata a los pobres, que los menosprecia y considera que están dónde tienen que estar porque se lo merecen, y que está bien pagarles poco para que no derrochen.

T: ¿Cuál es el criterio de la puesta?
LS: -Con el escenógrafo Rodrigo Gonzalez Garillo decidimos que el espacio debería no ser la sala del gobernador como pide la obra, si no uno más incierto, donde las situaciones se van armando casi de paso, con un pasillo detrás para las conspiraciones y el espiar y un tercer plano de fondo de un jardín en telón pintado, aquí casi como un homenaje a la teatralidad de esa época.

No queríamos el escritorio del gobernador porque precisamente él detesta trabajar, es vago; delega todo en su secretario y se deja embaucar, como si hubiese que perseguirlo para que tome decisiones de Estado, que finalmente otros hacen por él.