Vida

Un concierto imposible en el Año Beethoven

Un concierto imposible en el Año Beethoven

El pasado viernes 7 de febrero Thomas Hengelbrock dirigió en Dortmund, Alemania, un ciclópeo programa Beethoven, en el siguiente orden: Sinfonía N° 6 en Fa mayor op. 68, Pastoral; Ah perfido!, escena y aria para soprano y orquesta op. 65; Gloria de la Misa en Do mayor op. 86; Concierto para piano N° 4 en Sol mayor Op. 58; Sinfonía N° 5 en do menor op. 67; Sanctus de la Misa op. 86; Fantasía para piano, coro y orquesta en Do menor op. 80.

Este extravagante programa de más de cuatro horas es la reconstrucción de la famosa Akademie que Ludwig van Beethoven dio el 22 de diciembre de 1808 en el Theater an der Wien. No es la primera vez que se reconstruye esa Akademie, ni será la última dentro de las actividades programadas para celebrar los 250 años del nacimiento de Beethoven. Para el 29 de febrero la Sinfónica de Cincinnati anuncia el mismo programa bajo la dirección de Louis Langrée, aunque con una amenity: una pausa para la cena, entre las 6:30 pm. y las 8:30 pm.

Aquella Akademie de 1808 fue organizada por Beethoven para su propio beneficio. Comenzaba la era del compositor independiente (primero independiente de la iglesia y más tarde de la corte), y aunque Beethoven gozaba de algunos patrocinios e ingresos por sus obras editadas, el concierto pago era el modo más directo de sostenerse por sí solo. Mozart había iniciado los conciertos por suscripción ya en 1784; con bastante éxito, por otro lado, ya que ese año llegó a reunir 166 suscriptores. La suscripción era de seis gulden por un total de tres conciertos, con lo que los ingresos de Mozart arañaron los mil gulden (es muy difícil establecer a cuánto equivale hoy esa cifra pero, según Una historia social de la música de Henry Raynor, por entonces un gulden valía poco menos que un florín, y cuando Bach vivía en Leipzig con un florín se podía comprar “medio kilo de carne, un kilo de pan y un par de suelas para zapatos”). No se sabe exactamente cómo le fue económicamente a Beethoven con su Akademie, aunque desde el punto de vista artístico hubo varios problemas.

En primer lugar, el problema del programa en sí mismo. Por entonces los conciertos no eran lo que hoy entendemos por concierto. Se los llamaba “academias”, y eran más bien kermesses con piezas de los más variados géneros. Podían eventualmente alcanzar las cuatro horas de la Akademie de 1808, pero jamás la densidad o complejidad de ese programa. Tratemos de imaginar algo imposible: el estreno en una misma noche de dos sinfonías como la Quinta y la Sexta, además del Cuarto concierto para piano y la Fantasía op. 80, que es casi otro concierto para piano. Las dos obras concertantes fueron interpretadas por Beethoven, que estaba ya bastante sordo y -según las crónicas- en la una de las variaciones de la Fantasía Coral olvidó lo convenido con la orquesta, que era interpretarla sin repeticiones; solista y orquesta siguieron cada uno por su lado durante una buena cantidad de compases. La orquesta tampoco era la estable del Theater an der Wien, y al parecer sonó bastante mal. Como si todo fuera poco, era pleno invierno y el teatro no tenía calefacción. Fue un exceso en todo sentido, incluso para el leal partidario beethoveniano Johann Reichart: “Estuvimos sentados allí desde desde las 6.30 hasta las 10.30 con muchísimo frío -escribió Reichardt-, y comprobamos por experiencia que uno puede recibir demasiado incluso de una cosa buena”.

¿Qué se busca con estas reconstrucciones de hoy? El programa de Cincinnati es como una excursión histórica con cena incluida; en cierto modo recuerda la Tetralogía que se hizo en el Colón en 2013 para celebrar el bicentenario de Wagner, un Anillo comprimido en siete horas que incluyó dos intervalos-buffetes con portentosas salchichas con chucrut. Lo del alemán Helgenbrock suena un poco más estricto. Helgenbrock es además un paladín de la interpretación histórica (de la época que sea), y su escrupulosa visión seguramente se haya hecho sentir en todos los aspectos de la ejecución.

De todas maneras, hay un gesto un poco hueco en todo esto. Nada podría rescatarse de la experiencia verdadera de esa Akademie, ni las condiciones de la interpretación ni la conciencia del público y de los músicos de Viena, que se enfrentaban por primera vez con esas obras colosales.Sin perjuicio de las contribuciones que las distintas escuelas historicistas han aportado al conocimiento de la música, la reconstrucción histórica más perfecta se encuentra con un límite infranqueable.