Vida

Vida, temor, enfermedad y encierro dentro de las villas

Vida, temor, enfermedad y encierro dentro de las villas

Villa Itatí. Una hoguera a las dos de la tarde. Hay muchachos en derredor que arrojan al fuego hierros retorcidos.

Los tiran con fuerza, golpean los hierros contra la tierra.

Cerca, media docena de autos abandonados. Este cronista se acerca.

─Buen día.

─...

No contestan.

─Soy periodista, quiero saber como están acá con el tema de los contagios.

Mi miran, me calan. No se levantan. Están sentados sobre la tierra. Uno se pone de pie y me dice como urgido:

─Vení.

Lo sigo.

─Mirá, vení a mi casa, acá está mi abuelo.

El abuelo está sentado frente al sol delante de un frente colorido, usa pantalones grises de sarga que brilla. Respira sonoramente.

Una mujer se acerca, de pronto me rodea una familia entera. La mujer que parecía comandar al grupo me comenta alarmada.

─Tiene presión. Está mal. Pero el sol le hace bien.

─¿No tiene remedios señora?

─No, por ahora tenemos el sol acá.

Sigo la caminata. Un hombre con barba de una semana y manos de mecánico. Efectivamente, “Soy mecánico”, me dice.

─¿Hay contagios de coronavirus?

─No, acá no. Bueno sí, algunos. Se llevaron a un chico ayer al hospital pero no sé si tenía asma o esto que apareció ahora, el corona... Hay otros por allá abajo ─agrega─ pero casi nadie hay contagiado. Creo, eh.

─¿Y vos quien sos? Me desafía de repente. Sacate la máscara.

Me saco el barbijo, me mira fijo. Confía, aunque me advierte: “Cuidado conmigo que tengo muchos abogados, eh”.

Frente a un pequeño almacén hay un loro en una jaula enorme, enrejada con hierros semicirculares y oxidados.

El loro “habla” pero no dice nada. Camino dos cuadras más. Un muchachito me detiene:

─Don, le vendo un loro.

─No ─digo contundente.

─Quinientos pe, pa. ─insiste.

─No necesito el loro, pa ─respondo─ y además no tengo acá los quinientos pe, y además tengo un gato en mi casa. Si te compro el loro mi gato te lo morfa.

─Pero lo que usted haga con el loro no es problema mío. Si se lo come el gato a mi ya no me importa. Pero quinientos es barato.

Miro de reojo al loro en la jaula. Chilla. Siento que también nos observa con alta preocupación.

Villa Itatí, en Quilmes, por dentro. (Juan Manuel Foglia)

Villa Itatí, en Quilmes, por dentro. (Juan Manuel Foglia)

Todos se juegan la vida como pueden.

¿Cuántos viven en la Villa Itatí? Nadie puede precisar. Quince mil dice alguien, cuarenta mil, otros. Ochenta mil arriesgan algunos.

Según el censo del 2018, viven 3.128 en la Villa Azul, y 15.142 en la Itatí. Son 18.270 en total.

Pasan muchachos muy delgados y esbeltos, trotando rápido, con agilidad, a paso vivo, como en una marcha marcial. Van y vienen.

─Son los del paco ─me advierte el mecánico─ correte.

Me corro. Señala una puerta entreabierta y nos quedamos a un costado.

─Estos por ahí te bajan. Hay que tener cuidado. Estos pibes ya no entienden nada, ¿viste? Está complicado.

Siguen corriendo esos pibes. Van y vienen sin rumbo. ¿Con qué destino? Pasan frente a nosotros. Yendo y viniendo. Van, no van, corren. No van a ningún sitio. Corren a ningún lado. Deambulan.

Era el mediodía.

Todo era una súplica. El Estado que se manifiesta presente, que se propagandiza como Estado Presente y salvador, allí no estaba.

Y si el Estado llega mañana tempranito va a ser tarde.

─Van aparecer, después se van a ir como siempre ─precisa un hombre con sombrero de unos cuarenta años, o setenta, no sé.

Villa Azul. Enfrente de la Itatí. Amurallada por vehículos policiales. Están encerrados, acordonados por la policía y hacinados.

Hay muros que no cayeron en 1989 junto al Muro de Berlín. Por el contrario, periféricos y multiplicados se elevaron ensañados entre los unos y los otros.

─Vení, nene ─me grita una señora a mí que pasé los sesenta y se me nota─ Vení, oíme, pedí que nos abran acá. No podemos salir a cartonear, a laburar. Mi marido es albañil.

─¿Hay muchos contagiados?

─Debe haber, pibe. Contagiados de todo hay acá. Nos encerraron. Estamos solos acá adentro.

Una mujer policía me mira con ojos poco amigables pero no del todo hostiles.

Un ministro me dice por mensaje que está todo bajo control en la zona.

El hacinamiento, la enfermedad, el abandono, el cinismo de tantos políticos, la inundación, la falta de agua potable para beber y para limpiar, todo en todas sus dimensiones gravísimas viene de lejos.

Cruzo el acceso Sudeste otra vez hacia la Itatí.

─¿Y si los encierran a ustedes qué pasa? ─le pregunto a uno que sigue en torno a esa hoguera de hierros que se derriten y exudan humos metálicos que rompen el olfato.

─Si nos encierran nos morimos todos acá.