Cultura

Federico Falco: ese aislamiento que no impone ninguna pandemia

Federico Falco: ese aislamiento que no impone ninguna pandemia

El cordobés Federico Falco, que ahora vive en Buenos Aires y conduce talleres literarios, se hizo conocido con la serie de libros de cuentos “222 patitos”, “Cero cero”, “El pelo de la virgen”, “La hora de los monos”, “Un cementerio perfecto”, y la nouvelle “Cielos de Córdoba”. En noviembre fue declarado finalista del Premio Herralde por su novela “Los llanos”, que acaba de ser editada. Dialogamos con él.

Periodista: Al protagonista de “Los llanos” se le impone estar solo, aislado, en un encierro a cielo abierto. ¿Buscó que eso remitiera a lo que nos impone la pandemia?

Federico Falco: Fue una gran casualidad. Cuando escribía la novela no me podía imaginar lo que iba a ser 2020. La terminé antes de la pandemia. Después, cuando la revisaba, la soledad a la que se enfrenta el personaje me resultaba agobiante. Fue paradójico ver cómo la realidad me enfrentaba a una soledad parecida. En relecturas posteriores los paralelismos me sorprendieron. Si bien la soledad era una forma constitutiva de la novela, sentí que el personaje, un escritor, tenía que interactuar con alguien. Ahí empezaron a aparecer la citas de escritores, y la idea de que se había mudado con su biblioteca. Releyendo encontraba esas citas. La lectura era una forma de compañía, de entretenimiento, de pasar el tiempo, de encontrarse reflejado en frases, o diferenciarse, y pensarse a partir de lo que va leyendo.

P.: ¿Contar es contarse?

F.F.: “Los llanos” juega con lo autobiográfico. Alice Munro dice que sus cuentos son autobiográficos en los sentimientos, pero no en los hechos. Mi novela se acerca a mi biografía, coquetea con eso, pero en otros aspectos es puramente ficcional; va armando una trama que es de la novela y no la de la vida. Cuando se escribe en primera persona y se dejan algunas pistas, falsas o no, se establece una relación entre el autor y el narrador. Una complicidad entre el narrador y el lector. Tendemos a asumir que lo que leemos tiene que ver con lo real por más que se trate de una ficción. Y eso le venía bien a la novela.

P.: El ritmo, la superposición de textos diversos, recuerda el modelo del patchwork, esas bellas mantas que se hacen sumando variados fragmentos.

F.F.: Me parece una buena comparación. Hay algo del proceso de la escritura de la novela que tiene que ver con eso. En mi libro anterior, “Un cementerio perfecto”, empecé a entrar en crisis con la escritura. Estaba trabajando en una serie de cuentos de una estructura bastante cerrada, y me iban apareciendo otras ideas, me daban ganas de escribir otro tipo de cosas. Pasé a pensar la escritura como una práctica. Escribir sin saber para qué. Escribir por el placer de escribir. Fue apareciendo un conjunto de material de orígenes muy diversos, algunos cercanos a la memoria, otros a un ensayo personal o a comienzos de cuentos. En un momento sentí que esos retazos se relacionaban en una especie de patchwork y solo tenía que encontrar la forma de coserlos, que todo eso dialogara formando un conjunto.

P.: Se ha vuelto un nuevo género la novela romántica gay. “Los llanos” es la contracara, el final de una relación, el duelo tras la ruptura...

F.F.: La ruptura de una pareja siempre implica una crisis, sobre todo si se ha tenido proyectos a mediado y a largo plazo, un proyecto de vida, esto más allá de cuál sea la orientación sexual. Cuando me siento a escribir no pienso en qué género o tradición lo voy a hacer. Y hay efectos que provocan los libros que están más allá del autor.

P.: La historia se desarrolla en nueve capítulos, en nueve meses, de enero a septiembre, es como un embarazo y un parto que hace nacer en el protagonista algo nuevo.

F.F.: No me había dado cuenta. A mí me interesaba el paso de las estaciones, cómo llegar a la primavera, que era un renacer del personaje. Eso está marcado por su deseo de desarrollar una huerta. El desafío era cómo contar el paso del tiempo cuando no suceden demasiadas cosas. Es el tiempo de un duelo, es pasar el tiempo, algo que está más allá de la voluntad, algo que no se puede manejar. Y que puede llevar a recordar lo que ocurrió. La huerta le permitía al personaje ir saliendo del estancamiento, superar los fracasos, buscarse despejarse, reconstruirse.

P.: ¿Lo marcó ser el finalista del Premio Herralde?

F.F.: Fue una sorpresa y un honor. Crecí leyendo los libros de Anagrama.

P.: Después de ese premio, ¿vuelve al cuento, a la nouvelle o sigue en la novela?

F.F.: Siempre trabajo en varios proyectos al mismo tiempo, voy saltando de uno a otro. En principio estoy preparando un libro de cuentos y una serie de ensayos.

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