Cultura

Mientras la Argentina reniega de su agricultura regenerativa, Joe Biden apuesta por ella

Mientras la Argentina reniega de su agricultura regenerativa, Joe Biden apuesta por ella

Nuestra agenda rural tiene prioridades muy concretas. Lo más importante es neutralizar los embates de las viejas ideas. La “tentación del bien” es la espada de Damocles que se blande sobre estas pampas. Otra vez la amenaza de cortar las brevas inmaduras, dilapidando la nueva oportunidad que nos ofrecen el mundo en la post pandemia.

Entonces, en lugar de estar pensando en lo que está sucediendo, nos distraemos en debates estériles, como el de la maldición de ser exportadores de alimentos, una rémora de la idea de los productos agrícolas como “bien salario” que pululaba en los 70 y daba pie a los derechos de exportación, que ya existían. Y que eran simplemente un camuflaje del objetivo central: recaudar. La tentación es grande, frente a la crisis económica y ante la mejora ostensible de los precios internacionales.

Pero, al menos hasta ahora, el agua no llegó al río. El nivel de retenciones está fijado por ley y haría falta una nueva para modificar las alícuotas. El ministro de Economía Martín Guzmán ya dijo que la suba de las cotizaciones implica una ostensible mejora en la recaudación por retenciones. Ojalá se mantenga en esta posición, porque hay una cuestión crucial: cuando el precio de un producto sube, también lo hacen los insumos para producirlos. Esto no es “especulación” de los proveedores, sino una consecuencia de la dinámica de los mercados.

Al mejorar los precios, son más los que quieren producir (a nivel global) y se dispara la demanda de todos los términos de la ecuación. Desde el fertilizante a la maquinaria. E incluso, en la mano de obra, que comienza a escasear. Esta semana Néstor Cestari, titular de la Cámara de Fabricantes de Maquinaria Agrícola, comentó los buenos momentos que viene atravesando el sector. La conjunción de una cosecha de volumen razonable, con buenos precios externos y la existencia de adecuada oferta crediticia, han puesto a pleno la capacidad instalada de esta industria.

Por ejemplo, esta semana se inició la cosecha de maíz de siembra temprana, ingresando los primeros lotes en Córdoba y Santa Fe. Bueno, las principales fábricas de cabezales maiceros no tienen entrega hasta junio. Los fertilizantes son otro insumo clave, donde también es imposible desligarse de lo que sucede con los precios internacionales. La Argentina produce la mayor parte de la urea (fertilizante nitrogenado) que consume, pero necesita importar los que contienen fósforo, potasio y otros elementos. “Desacoplar” los precios agrícolas por medio de derechos de exportación u otras alquimias significa, en vivo y en directo, cercenar la posibilidad de incorporar estos insumos tecnológicos. Menor uso de tecnología implica menores rendimientos, y sobre todo el riesgo de perder el capital suelo.

Y aquí es donde el asunto se hace crítico. Una agricultura más primitiva no solo implica exportar nutrientes sin reposición, sino una tendencia al aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero. La nueva agricultura, basada en la siembra directa, las herramientas de genética, los fertilizantes químicos y biológicos, los inoculantes y los productos de protección, son fundamentales en lo que se dio en llamar “agricultura regenerativa”.

Esta es la gran apuesta del flamante presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, que la semana pasada lanzó el “Climate 21 Project”. Impulsa el establecimiento de un “carbon bank” (banco de carbono) que podría pagarle a los productores (“farmers, ranchers y foresters”) a almacenar carbono apelando a las prácticas de la agricultura regenerativa. Se utilizaría como herramienta a la Commodity Credit Corporation (estatal) para ofrecer créditos por secuestro de CO2, sugiriendo arrancar con una suma de mil millones de dólares para comprar créditos de carbono a 20 dólares la tonelada. El plan espera tornar varias regiones de los Estados Unidos en sumideros de carbono, lo que permitiría retirar de la atmósfera la friolera de 7000 millones de toneladas de CO2. A ese precio de 20 dólares serían 140.000 millones de dólares. En eso está el mundo.

Con un poco de imaginación y voluntad, podríamos salir por arriba de nuestro propio laberinto.

Mirá también