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Enrique Borja, el goleador que se convirtió en el ídolo de El Chavo del 8

Enrique Borja, el goleador que se convirtió en el ídolo de El Chavo del 8

Ahí andaba el Chavo del 8, personaje mexicano, personaje de todos. Salía de su barril, inevitablemente modesto, y miraba si se jugaba al fútbol. Y si encontraba alguna de esas pelotas multicolores e inverosímiles que ya nadie usaba, se ponía a jugar. Jugaba, muchas veces, a que era Enrique Borja. O, en su defecto, respondía a los caprichos de Quico, que no era tan pobre y siempre tenía su propia pelota. La Chilindrina, hija de Don Ramón, miraba un rato.

La cara del Chavo, claro, desmentía los ocho años que la ficción ofrecía. Escapado de un orfanato, le gustaba el fútbol, más allá de que no era su rasgo distintivo. Roberto Gómez Bolaños era el actor, ya grande, ya celebridad, ya emblema.

Y él, pobre y noble, tenía una fantasía: gritar goles que los dueños de la pelota no le dejaban.

Y solo, ahí, en el patio del vecindario, gritaba un gol que se se hizo emblema de la cultura mexicana y de casi todos los rincones de habla hispana u otras.

-Gol de Borja.

El vecindario sucedía en la Ciudad de México. Territorio de preciosos misterios.

Lo que sigue lo escribió un periodista que es británico, se crió en los rincones de Latinoamérica y adora dos ciudades: México y Buenos Aires. Por Juan Rulfo y por Julio Cortázar.

¿Su nombre? No lo dice dice cuando publica lo que él llama modestamente "pretendida poesía" o "poesía en prosa". Hace años que vive fascinado con ese detalle de Borja y El Chavo. Lo justifica: "Es por Rulfo".

El gusto de escucharlas

(a Juan Rulfo)

Lo saben todos en esas calles.

En la Ciudad de México, tan ecléctica, las paredes hablan, algunas gritan.

Una festeja un viejo gol de Borja.  Sí, sí, el ídolo del Chavo del 8.

Otra recita por lo bajo a Villoro.

Y una, enamorada de Rulfo, se cree Pedro Páramo, Pared loca de belleza y simpatía.

Hay otra pared, La Muda.

Ella escribe muy seguido. No habla.

Ahora comenta: vengan, los esperamos.

No es Pancho Villa resistiendo gringos el retratado ahí.

Tampoco Morazán ni Simón Rodriguez.

Es un abrazo que los representa a todos. Abrazo enorme.

México, país hermano, contradictorio, cobijo.

Tiene magia. La última pared que escuché me lo comentó al pasar: la próxima, el tequila va a mi cuenta.

Ya iremos a conocer más espacios hermanos. Claro, me invitaron las paredes.

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Y ahí aparece Borja, delantero, goleador, personaje.

Datos duros: ídolo irreductible del América, el equipo con más socios en nuestro continente durante décadas. Fue cinco veces campeón con Las Águilas. Y, a nivel personal, se dio un gusto de los grandes: resultó tres veces consecutivas máximo anotador en la Liga de México, las tres primeras de los años setenta. "Campeonato de goleo", como se decía en los tiempos del Chavo y ahora también.

Jugó dos Mundiales para México, el del 66 y el del 70. Fueron cinco partidos e hizo un gol. Ante Francia, en Wembley.

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Al Chavo no le solían cumplir su sueño de ser Borja.

Lo cuenta el periodista Jaime Luna, desde el lugar de los hechos.

"Hay una ocasión en la que Quico y el Chavo van a jugar fútbol, el Chavo quiere ser Borja pero Quico no lo deja porque él quiere ser el mismo y es dueño de la pelota. Entonces el Chavo elige ser “El gato Marín” para ponerse en la portería de la vecindad".

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El fútbol también es protagonista en el vecindario en cuanto a la cuestión de los clubes, de los hinchas, de esos detalles constitutivos.

Don Ramon en realidad "le iba al Necaxa", aunque se cambiaba por el equipo que le convenía, como cuando le dice al Señor Barriga que era hincha del Monterrey para no pagar la renta. En nombre de evitar el pago de las expensas, el hombre desconocía sus banderines colgados en la pared.

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Borja, el del grito de gol. El que El Chavo hizo inmortal en su soledad del patio, luego se hizo dirigente. Fue presidente de la Federación mexicana entre 1998 y 2000. También de Necaxa y de los Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León, donde entre otras cosas contrató a José Pekerman como entrenador.

Pero El Chavo ya no estaba interesado en esos temas.

Era bonita la vecindad del Chavo para preocuparse esas cosas...

FK