Economía

Pareciera que sólo hay lugar para lo sórdido

Pareciera que sólo hay lugar para lo sórdido

Detrás de alguien que se prostituye, está la persona real, de verdad, no la ficción que por unas horas al día necesita vender. Mujer, travesti, taxi boy. No creo que existan grandes diferencias: una cosa es la imagen otra lo que pasa hacia adentro.

A veces genera extrañeza encontrar esa subjetividad rica, no contaminada por el oficio. O no tanto como el cliente puede pensar. Pero eso es puro prejuicio: resulta tan fuerte el desdén a la puta que cuesta ver sus otras facetas.

Recuerdo cuando estaba en la escuela primaria y un compañero se agarró a trompadas con otro. “Hijo de puta”, le había gritado. No sé si entendíamos a esa edad -unos ocho o nueve años, el significado literal de la palabra pero sí que era la peor ofensa. ¿Cómo se vuelve simbólicamente de eso?

En los últimos años se ha trabajado bastante lo políticamente correcto. La palabra “trabajadora sexual” ha ganado terreno y muchos consideran que la práctica debe ser legalizada si no existe trata de personas por medio. Creo que este estatus de trabajadora ayuda a derribar algunos muros, pero en lo personal -¿seré más conservador de lo que creo?- no me convence. No me parece que sea una labor como cualquier otra, aunque acepto que hay muchas actividades insufribles, en especial aquellas en que la persona no cuenta, sólo cuenta su movimiento, su capacidad para activar el brazo con habilidad durante una jornada interminable. Curioso: esa trabajadora que está en una cadena “fordiana” no sorprendería si luego militara políticamente o fuera a un grupo de canto. La prostitución, en cambio, echa un manto grisáceo sobre toda la vida de quien la ejerce, como si sólo pudiera existir lo sórdido fuera de su oficio. Por eso es un desafío y una debilidad, para muchos, encontrar la persona detrás del personaje.

Yo preferiría que no tengamos que buscarla. Parece legítimo que cada quien ofrezca su cuerpo como mejor le parezca -está en su derecho- pero también siento que no es inocuo, que deja huellas. Es una forma de ponerse al margen, de aceptar una inequidad (yo pago, yo uso, dice el cliente) que genera lejanía con los otros en vez de acercamiento, y abre las puertas al camino de la despersonalización.