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Alberto y Cristina atacan a Macri, pero le temen a Larreta

Alberto y Cristina atacan a Macri, pero le temen a Larreta

Una simplificación política bastante frecuente es aplicarle al Presidente una frase de Groucho Marx para explicar sus actos: estas son mis convicciones pero si no le gustan a Cristina, tengo otras. Es una síntesis no adecuada para describir la relación entre la vicepresidente y Fernández porque de alguna manera exime de responsabilidad al jefe de Estado y se la traslada completa a Cristina.

Las últimas decisiones han sido paridas tras una intensa presión de Kicillof, con el apoyo de Cristina, y del pánico de los intendentes del Conurbano que ven crecer la epidemia en sus territorios y constatan la baja en la edad de los contagiados. Alberto se plegó a esta posición más radical del confinamiento, dejando al garete a dos de sus ministros y a su jefe de Gabinete. La coartada de que tuvo que tomarla para no lesionar la unidad de la alianza oficialista ya no tiene ningún efecto. Está gastada, como está terminada también aquella idea del "albertismo" como contrapeso al kirchnerismo. Tampoco, la remanida treta de culpar a los otros de las torpezas propias puede ser digerida. La última mueca de Fernández ("A mi la rebelión, no") tratando de emular a Beatriz Sarlo sin la originalidad e impacto que tuvo aquella réplica ante el pelotón de fusilamiento mediático cristinista, pareció más producto de su ira acumulada que de su autoridad política.

Fernández, entonces, enfrenta el mayor gasto, pero sus socios también lo pagan aunque no lo crean, incluidos los intendentes propios que influyeron en este nuevo confinamiento.

Su endurecimiento encajó como dedo en el guante con la táctica política acordada para desplegar con la pandemia: atacar a Macri, culparlo hasta de las diez plagas bíblicas, para disimular que al que realmente temen electoralmente es a Rodríguez Larreta. Pruebas al canto, Máximo Kirchner aludiendo a la confusión opositora como un monstruo de varias cabezas, en la que sobresale la del ex presidente por encima de la del jefe de Gobierno a quien, dice, responde.

Para el oficialismo, es más fácil lidiar con Macri y con Patricia Bullrich que con Larreta. Por eso, buscan atraparlo en la grieta, forzarlo a conductas políticas que se sabe que incomodan al jefe de Gobierno, polarizar la elección para que lo que se discuta en las legislativas no sea la inflación en alza, la desinversión, el aumento de la pobreza y del desempleo, los problemas de vacunación o la educación a la deriva, sino opciones excluyentes. Lo mismo que intentaron Macri, Durán Barba y Marcos Peña con Cristina en el ocaso del gobierno anterior. Aquello era una presidencial y el macrismo debía remontar un partido que estaba prácticamente perdido desde las PASO. Ahora está en juego el Congreso: cualquier resultado, hoy, no modificará sustancialmente su composición. Para que los proyectos no duerman el "sueño de los justos", como ironizó Parrilli a todas las iniciativas varadas en Diputados, se necesitarán acuerdos.

Para Larreta, también, esta es una prueba de temple. Son esos momentos en los que se muestra la consistencia y coherencia de un dirigente político para manejar una situación realmente dramática: debe enfrentar la ofensiva del Poder Ejecutivo sobre la autonomía de la Ciudad y, a su vez, sostener su perfil para no mimetizarse con las posiciones más duras de su coalición política y sin romper con ellos. Sus adversarios, otra vez, en su afán de perjudicarlo lo devolvieron al centro de la escena, que la había perdido desde que Macri decidió salir de su retiro en "Los Abrojos".

Ahora Larreta deberá mostrar si da o no esa estatura.