Nacional

Cómo fueron los primeros pasos del teatro nacional

Cómo fueron los primeros pasos del teatro nacional

El teatro llega a Buenos Aires en 1757 cuando se edifica el Teatro de Óperas y Comedias en la actual calle Alsina, entre Defensa y Bolívar. Allí se representaron desde obras de marionetas hasta la ópera Las variedades de Proteo de Antonio Teixeira y Antonio José Da Silva.

Este primer intento durará apenas hasta octubre de 1761 cuando la sala fue clausurada por orden el obispo de diócesis de Buenos Aires que insistía sobre la inmoralidad que propagaban las artes escénicas.

Recién en noviembre de 1783 quedó inaugurada la Casa de Comedias, nombre elegante que será convertido por el público en el menos prosaico de La Ranchería en las actuales esquinas de Perú y Alsina.

Virrey Juan José de Vertíz y Salcedo, el creador del teatro La Ranchería. / Archivo Clarín

Virrey Juan José de Vertíz y Salcedo, el creador del teatro La Ranchería. / Archivo Clarín

Allí, Manuel José de Lavardén, uno de nuestros primeros autores teatrales, estrenó en 1789 sus obras Siripo y La Inclusa, basadas en temáticas históricas locales.

En un principio los papeles de mujeres los representaban hombres hasta que las chicas poco a poco se fueron animando y así pudo verse a nuestra primera actriz, la “damita joven” Josefa Pepa Ocampos de la que sabemos que había nacido en Buenos Aires hacía 18 años y que su ingreso a la compañía teatral vino de la mano con su casamiento con el tercer galán Ángel Martínez.

La Ranchería estuvo en pie nueve años hasta que se incendió a raíz de un cohete disparado el 15 de agosto de 1792 durante una festividad desde el campanario de una iglesia que impactó de lleno en el techo de paja del teatro.

Recién en mayo de 1804, durante el virreinato de Sobremonte quedará inaugurado el Coliseo, llamado Provisional porque se había proyectado uno definitivo, en las actuales esquinas de Reconquista y Rivadavia, en el terreno que hoy ocupa el Banco Nación. Pero el “definitivo” nunca se construyó.

El primer edificio del Teatro de la Ópera, de 1872, en una toma de 1880. / Archivo Clarín

El primer edificio del Teatro de la Ópera, de 1872, en una toma de 1880. / Archivo Clarín

El “Coliseo Provisional”, propiedad de Don Olaguer y Feliú, era más amplio que su antecesor. El público estaba repartido en palcos, galerías, tertulias, cazuelas, bancos, gradas y las más baratas, las entradas de pie.

Una marca en la ciudad

El Teatro le dio nueva vida a la ciudad y sumó variedad a las no muchas diversiones de la elite de “vecinos” y “vecinas”, en un espacio de sociabilidad que, además de su aspecto de cultura y entretenimiento, significaba un lugar donde “lucirse”, en la vestimenta y los modales y para las chicas, junto con el sagrado recinto de la Iglesia, cruzar miradas con algún muchacho en edad de merecerlas.

Trajo además una nueva categoría de personajes a la ciudad: los comediantes o artistas, término que incluía a actores, actrices y músicos, tramoyistas, escenógrafos y empresarios teatrales, gente de mundo, con la mente más abierta y portadora de menos prejuicios que la media de la ciudad.

Pero la sociedad seguía siendo muy pacata y conservadora y las actrices estaban en el ojo de la tormenta. Por ejemplo, Antonina Montes de Oca, que había iniciado su carrera en los cafés cantantes, remotos antecedentes de los cafés concerts de los 70, fue desterrada a Montevideo en 1805 por llevar una “vida escandalosa” y cultivar “amistades pecaminosas”.

En aquel contexto tan moralista e intolerante para algunas cosas, y tan laxo y tolerante para otras, como el contrabando y la corrupción, nadie debía siquiera intentar aprovechar el espectáculo para otros menesteres como vincularse con las damas.

Para eso estaba el reglamento emitido por Vértiz y reforzado por Sobremonte que obligaba a la separación de los sexos en los palcos y en los camarines. Se prohibía la venta ambulante y la entrada de niños de pecho para evitar molestias a los espectadores.

Comenzaba una larga y rica historia, la del notable teatro argentino, una marca indeleble de identidad cultural.

E.M.