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El Gobierno, entre la improvisación y los papelones

El Gobierno, entre la improvisación y los papelones

Parece una marca en el orillo del modus operandi kirchnerista. Aquel plantón de 2004 a Carly Fiorina, por entonces súper poderosa presidenta de Hewlett-Packard, con inversiones en el país, fue uno de los primeros papelones de la gestión presidencial de Néstor Kirchner: a pesar de tener una cita concertada, la dejó esperando en vano más de una hora. Fiorina, una de las empresarias más influyentes del mundo, se levantó y se fue.

La semana pasada, Axel Kicillof remedó aquel papelón, cuando dejó plantado en una recorrida oficial al embajador de Alemania, quien vía Twitter se quejó de la ausencia y del “desinterés” o “falta de cortesía” del gobernador bonaerense, en mensaje acompañado por los logos de las principales empresas alemanas presentes en el país.

Para bochornos internacionales, pocos comparados al de Rafael Bielsa. Horas después de que José Kast se impusiera en la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Chile, el embajador argentino, violando todos los principios de la diplomacia más elemental, lo calificó públicamente de “antiargentino” y de “una derecha rupturista, pinochetista”. La Cancillería chilena no tardó nada en hablar de “intromisión inaceptable” y su par de Argentina debió despegarse de los dichos del funcionario pero con la inadmisible excusa de que habían sido pronunciados “a título personal”. Sin comentarios.

Bielsa ya venía cosechando cuestionamientos del otro lado de la cordillera, como cuando se presentó en el juicio que en aquel país se le sigue a , líder de la radicalizada Resistencia Ancestral Mapuche, preso con una condena de nueve años por el incendio de una propiedad y portación ilegal de armas, considerado en Chile terrorismo. El mismo que, días pasados, a raíz de la muerte de un joven mapuche en un confusio episodio en Río Negro, pidió “que la sangre sea vengada...Ya no podemos seguir sólo con piedras y palos...”.

No es esta la primera experiencia de Bielsa en el mundo diplomático: fue canciller de Néstor Kirchner. En ese carácter, y en ocasión de la visita de Fidel Castro a la Argentina, expresó: “No me atrevo a afirmar que en Cuba se violan los derechos humanos”. Casi lo mismo que meses atrás diría el presidente Alberto Fernández, al afirmar que desconocía lo que en realidad pasaba en la isla, cuando una gigantesca manifestación opositora fue brutalmente reprimida por el régimen. Lo que se dice una línea de conducta, y una gran coherencia del partido gobernante.

Los “logros” diplomáticos de los últimos días parecieron multiplicarse. El embajador argentino en Bolivia, Ariel Basteiro, ex sindicalista del gremio aeronáutico, no vaciló en sumarse a una marcha en favor de Evo Morales, cuya gestión defendió como si fuera un militante más y no el representante diplomático de otra nación, explicó cómo “organizábamos la posibilidad de recuperar la democracia en Bolivia” y arengó contra “la derecha” en la región. Apenas días después, Evo presionaba a la prensa: “Cuidado, cuidado que se acabe la paciencia para algunos medios de comunicación”, amenazó a los que cuestionan al gobierno de Luis Arce o no se alinean con las premisas de su partido. En tanto, en Madrid, el embajador Ricardo Alfonsín recibía al brasileño Lula da Silva, candidato en campaña enfrentando al actual presidente Jair Bolsonaro Como se aprecia, el argumento de la “no injerencia” que reiteradamente el Gobierno viene usando para no condenar violaciones flagrantes de derechos humanos u otras arbitrariedades en Venezuela o Nicaragua, por caso, parece ser de aplicación errática, más vinculado con la ideología que con los principios de la diplomacia.

Fronteras adentro, las contradicciones y la improvisación se suceden. Un día antes del Black Friday se anunció la suspensión de la compra de viajes al exterior con tarjetas de crédito en cuotas. Mientras la vocera Gabriela Cerrutti explicaba que las reservas del Central “están robustas”, el ministro de Desarrollo Productivo Matías Kulfas alertaba que “al país no le sobran dólares”. Y desautorizaba al secretario de Comercio Interior Roberto Feletti por haber lanzado la posibilidad de subir las retenciones a la exportación de carne. Como por suerte nada desentona, en una carta, hablando sobre la negociación con el FMI, la vicepresidenta Cristina Kirchner -flamante e increíblemente sobreseída por lavado de dinero en un polémico fallo- intenta convencer de que “la lapicera la tiene Alberto Fernández”. Ni más ni menos.