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J. Rodolfo Wilcock, poeta de dos lenguas

J. Rodolfo Wilcock, poeta de dos lenguas

Dentro y fuera de la página, la calibración entre proximidad y distancia fue la llave maestra de J. Rodolfo Wilcock: en su poesía y su prosa –que oscilaron de la confidencia pasional al latigazo sarcástico– y en sus contactos personales, incisivamente fiel con los íntimos, impacientemente implacable con el resto del mundo.

Al mes de morir –en Italia, el 16 de marzo de 1978– el diario La Opinión publicó una semblanza firmada por Ernesto Schoo: “Su voz, como todo él, parecía venir de una región lejana y polvorienta; fugitivo de una Troya sepultada bajo otras seis ciudades superpuestas, debía atravesar increíbles distancias en el tiempo y en el espacio para acercarse a nosotros, que no éramos, no podíamos ser sus contemporáneos”. Su muerte a destiempo, a un mes de cumplir 59 años, lo castigó dos veces: poniéndole punto final a una obra deslumbrante, inaferrable, y apartándola aún más.

Años después, en mayo de 1986, con el fin de acercarlo a lectores que nunca le habría interesado conocer, el mismo Schoo tradujo para La Razón un puñado de poemas. Entre ellos, el que Wilcock tituló “Pregunta oída en un sueño”: “¿Cómo será la muerte? ¿Ver/ un tigre de hierro que te salta encima/ y creer que no podrá tocarte?”.

Esos textos –y otro tanto, en versión de Guillermo Piro– son los que hoy se editan bajo el título Aprovechemos que hay una fuente, y no son pocos los que se cartean con el más allá. Schoo y Piro difieren en sus criterios, y como cada vez que se confrontan dos traducciones (excepto en aquellas a cargo de Ernesto Montequin, inapelables), es la tercera que el lector rearma en su cabeza la que este considerará ideal.

En 1978, habían desaparecido dos Wilcock: el porteño y el romano renegados, el ciervo de lengua castellana y el erizo de lengua italiana, el bilingüe paralelo en prosa y poesía. “Casi no sé de quién son estas manos”, había advertido en un verso de Los hermosos días. Está claro que es más difícil trocar de lengua siendo poeta.

Acaso por eso Wilcock se pasó a la prosa, aunque nunca dejó de delinear versos, más reflexivos, cortantes, con la distinción magisterial de un Marco Aurelio escandido. Líneas de pulidor de lentes, de pitonisa; a la elegancia de la forma les sumó la de la ironía. Los textos de Aprovechemos... certifican que la poesía era en él un género natural (lo que contadas veces es el caso).

“Más prometió tu muerte que el futuro”, había anticipado en Paseo sentimental, y despacio –lo lento tiene asistencia perfecta en sus poemas– esa promesa se fue cumpliendo con un incesante relevo de traducciones. Si Wilcock se fue desplazando, desmarcando, es porque se rehusaba a estancarse y no creía ser dueño de nada.

Este “hijo de nadie” –figura a la que aludió en varias ocasiones– decía de la lengua que “de este patrimonio es necesario deshacerse. Como Wittgenstein que regaló su patrimonio y sus casas a sus hermanos, porque siendo estos ya ricos no corrían el riesgo de corromperse con toda esa riqueza”. Wilcock veneraba al filósofo vienés y acaso su lectura instigaba esos guiños impostadamente tajantes: “Veo a la Argentina como una gran traducción”. O poco antes de su partida a Italia: “El castellano no da para más”.

Entre estos extremismos de susceptible vitalicio, al traductor de La nube púrpura le gustaba pensarse como “el último hombre sobre la tierra”, desde el abandono de un ingeniero en las montañas de Mendoza a la de un traductor en los desnivelados campos de Lubriano. El autor de El caos se encomendaba a las paradojas y desconfiaba de la traducción: “Qué es lo que uno lee cuando lee a Tolstoi?”, le espetaba a un periodista de la RAI. “Los autores valen cuando son poetas”, y la poesía, subrayaba, es lo que no se puede traducir.

Una treintena de poemas suficientes para convertir al más negado en un lector de poesía, Aprovechemos que hay una fuente incluye uno de los más breves y espléndidos jamás escritos. Dedicado a Livio, su hijo adoptivo, sobrevive invicto al enroque de idiomas: “Gaeta en la noche parece una constelación/ una nave de luces con la proa sobre el mar negro/ y en el mástil un faro que late. Es allí/ donde estuvimos, en esa nave detenida en la sombra”.

Aprovechemos que hay una fuente, J. Rodolfo Wilcock. Traducción de Guillermo Piro. Huesos de Jibia, 72 págs.