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La transferencia brutal del poder a Cristina Kirchner

La transferencia brutal del poder a Cristina Kirchner

La discusión se terminó el sábado pasado, cuando Axel Kicillof firmó un decreto auxiliar de la Gobernación bonaerense en el que anticipaba su decisión de ampliar el toque de queda a diez horas y volver a cerrar las escuelas. Así lo publicó Clarín en esas horas pese a que algunos funcionarios pedían que no se tomara en cuenta esa información porque el Presidente, decían, iba a imponer su criterio sobre cómo enfrentar al Covid.

Por esa misma razón, la ministra de Salud, Carla Vizzotti, y el de Educación, Nicolás Trotta, dijeron horas antes del anuncio que las clases presenciales iban a seguir. Sólo lograron aparecer como dos ministros pintados. La realidad, que es la única verdad en el dogma peronista, indica que el criterio de Alberto Fernández ya no es el que rige los asuntos trascendentales de la Argentina. No fue así en las últimas semanas. Ni lo será en el futuro.

Alberto Fernández, Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof.

Alberto Fernández, Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof.

El episodio con el que Axel Kicillof le impuso al Presidente la ampliación del confinamiento social y el impopular cierre de las escuelas marca un nuevo horizonte para el país de la incertidumbre permanente. La transferencia brutal del poder a manos de Cristina Kirchner. La Vicepresidenta ya no quiere jugar a la pantomima de los intermediarios. Hace valer sus deseos y los transforma en políticas de Estado cada vez con mayor velocidad. En los primeros meses del año pasado, sometía algunas de sus intenciones al escrutinio de las opiniones ajenas. Ahora, está claro que ese detalle ya no le importa.

Las decisiones políticas empiezan a pasar, cada vez más, por un eje que conforman el diputado jefe, Máximo Kirchner, y el ministro del Interior, Wado de Pedro, quien incluso se ocupa en algunos temas especiales de la comunicación mediática. La fecha de las próximas elecciones o la defensa del emperador formoseño Gildo Insfrán son ejemplos de esta nueva modalidad. El tercer vértice del triángulo es Sergio Massa, quien legitima las iniciativas que deben pasar por el Congreso. “Hay que hablar con dos de ellos tres para que cualquier tema camine”, explica resignado uno de los dirigentes más influyentes de la oposición.

Pero el vocero preferido de Cristina sigue siendo Kicillof. Y el discurso público para explicar las medidas de confinamiento en la Provincia, que jamás se respetan demasiado, mostró al Gobernador en uno de esos momentos de clímax al utilizar el 80% del tiempo de exposición para criticar a Horacio Rodríguez Larreta. “Habla como Cristina, se enoja como Cristina y dobla la apuesta como Cristina; ella está chocha”, se entusiasman en el Instituto Patria. Entre los dislates retóricos que esta semana exhibieron Axel y Alberto, el Jefe de Gobierno porteño no necesitará pagar honorarios de campaña de posicionamiento electoral.

Los que la pasan mal con la transferencia del poder a Cristina son los ministros de Alberto. Las que hicieron enojar a la Vicepresidenta, María Eugenia Bielsa y Marcela Losardo, ya están lejos disfrutando de la calma de Rosario y París. Esta semana les tocó sufrir el rigor de la intemperie política a Vizzotti y a Trotta, por vociferar que las clases presenciales no se tocaban sin saber que ya había cambiado el viento.

El ministro de Educación no respondía los llamados telefónicos en estas horas y sólo evitaba su renuncia indeclinable un pedido del Presidente. “Si te vas, me ponen de nuevo a Puiggrós”, le rogó Fernández. La experimentada Adriana Puiggrós fue secretaria de Educación hasta agosto del año pasado y se fue porque sólo respondía las directivas de Cristina. A Trotta ni siquiera le dirigía la palabra.

En medio de la tormenta, apareció el sorprendente Jair Bolsonaro para burlarse de Alberto Fernández y de la Argentina. “Ejército argentino en las calles para mantener el pueblo en casa. Toque de queda entre las 20 y las 8. Buen día a todos”, escribió en Twitter el brasileño el jueves temprano. Con errores groseros y como si en Brasil las cosas fueran maravillosamente. Casi 14 millones de contagios y más de 362.000 muertos. En el barrio dirían que el muerto se ríe del degollado. Sin consuelo, en este caso, porque el degollado también está sufriendo su propia pesadilla.