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'Luna roja': conjuros de brujas y bestias marinas

'Luna roja': conjuros de brujas y bestias marinas

Lois Patiño es uno de los nombres que se destacan de una nueva camada de cineastas españoles denominada “novo cinema galego”, un movimiento que –gracias a la convocatoria y ayuda económica de la Xunta de Galicia, además de las facilidades que posibilita el bajo costo de la tecnología digital–, desde hace poco más de una década encontró una voz distintiva dentro de la producción cinematográfica española. Se trata de autores como Olivier Laxe, Eloy Enciso, Alberto Gracia, entre otros, que aún con propuestas diferentes tienen en común con Patiño la apuesta por encontrar nuevos caminos en los márgenes de los grandes circuitos de distribución. Y lo hacen, de paso, profundizando en distintos aspectos de la identidad gallega.

Luna roja, la película que se estrena en la plataforma Mubi, es el último exponente de esta corriente y uno de los más inspirados y espectaculares. El segundo largometraje de Lois Patiño, luego del documental Costa da Morte, es, como aquella (y como sus otros tres cortometrajes que completan su obra), un filme sobre “la relación entre mito y paisaje”, en palabras del propio director. Pero esta vez, los elementos del documental son invadidos por el de la ficción, que incorpora guiños del cine de género, convirtiendo así sus imágenes de lo real en terreno para lo fantástico y lo inesperado.

Desde un primer momento, una voz en off que sobresale ante el sonido de un zumbido constante plantea las reglas de lo que vamos a ver: un marinero local llamado Rubio fue devorado por el mar durante uno de sus viajes de rutina, y su cuerpo nunca fue hallado. Los lugareños culpan a una especie de monstruo que parecería habitar las costas gallegas desde hace siglos, y que va y viene acompañado de un rugido de ultratumba, a la sombra de una luna inyectada en sangre. Pero solo escuchamos las voces de estos hombres y mujeres: todos aparecen como si estuvieran en estado de trance, con la vitalidad suspendida, como zombies congelados, con el cuerpo detenido.

Estas voces hablan en susurros, evocan historias de fantasmas, describen criaturas de un mundo desconocido, pesadillesco. Una de las mujeres, madre de Rubio, es la que, por medio de una especie de conjuro, convoca la ayuda de tres meigas (brujas gallegas) para que le regresen al hijo. “Hay que tener muertos a quienes llorar”, dice. Esa abstracción del cuerpo podría extenderse a toda la película: no sabemos si estos personajes suspendidos están vivos o muertos (“somos el sueño del mar dormido”, dice alguien), o por qué actúan como lo hacen, congelados en espacios donde lo único vivo son los animales que se mueven alrededor, los árboles que se balancean con el viento (¿o será por el ruido?), el agua de los ríos que choca contra esa represa (que también puede ser el detonante de algo extraño: la obra del hombre como el origen del mal), y esas tres brujas que caminan lento y auxilian –o callan– la congoja sostenida de los habitantes.

La película juega con elementos de la mitología rural, el clima onírico de un pueblo que parece atravesar un duelo colectivo ante la pérdida de uno de ellos, y la idea del “alma en pena” –aquellos espíritus que quedan suspendidos en un limbo– sin llegar a un más allá. La cámara de Patiño sigue a los seres que habitan la pantalla al ritmo de ellos; a veces de manera contemplativa, ensimismada en el impacto de la imagen, y otras veces moviéndose a paso lento, como impulsada por el poder de un sonido submarino que lo abarca todo, como si se abandonara al llamado lejano de lo indescifrable.