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Magdalena Ruiz Guiñazú recuerda su impactante encuentro con Evita

Magdalena Ruiz Guiñazú recuerda su impactante encuentro con Evita

Faltaban pocos días para finalizar las clases y, a la espera de los boletines, en mi amado colegio de Callao y Juncal todo eran expectativas. La hora de salida resultaba también animada.

Fue así que aquella tarde, cuando alguien gritó “¡Evita está en la esquina!”, el desbande fue general. Abandonando nuestras pertenencias en el Colegio, corrimos hasta la esquina de Arenales en la que observamos varios autos oficiales que no solían frecuentar aquella cuadra.

También, junto a los lustrosos vehículos, observamos a los custodios que ocupaban casi toda la esquina.

Magdalena Ruiz Guiñazú. Foto Juan Manuel Foglia.

Magdalena Ruiz Guiñazú. Foto Juan Manuel Foglia.

Tantos años después quizás resulte desmedido lo que estoy relatando. Hasta se habían detenido los tranvías 31 y 10.

Pero la figura de Evita había irrumpido en la historia de nuestro país con tanta fuerza que en la Plaza o frente a la Avenida 9 de Julio (y más tarde en Perú y Avenida de Mayo donde estaban las oficinas de la Fundación que llevaba su nombre) su presencia concitaba una multitud de hombres y mujeres que deseaban verla sin la lejanía de una foto impresa.

Aquella tarde fuimos muchas las que salimos del colegio para verla, aún cuando nuestras familias no fueran políticamente afines a Perón y Evita. Sabíamos que nuestro relato acapararía la atención y las preguntas de todas las sobremesas. 

Evita nos observaba y preguntaba a qué colegio concurríamos. “Hay que amar a la Patria, señoritas –advirtió–. Y el pueblo argentino se merece lo mejor”.

Magdalena Ruiz Guiñazú, periodista

Evita regresaba de un viaje durante el cual había visitado el Vaticano y una España franquista ubicada en aquella Europa aún doliente por la Segunda Guerra Mundial.

Juan Domingo Perón y Eva Duarte de Perón en el balcón de la Casa de Gobierno, el 17 de octubre de 1950. Foto: AP

Juan Domingo Perón y Eva Duarte de Perón en el balcón de la Casa de Gobierno, el 17 de octubre de 1950. Foto: AP

Aquella tarde, entonces, Eva Duarte ya no era la joven actriz que buscaba una carrera teatral o cinematográfica sino una mujer internacional de fuerte impronta política a quien Christian Dior había enseñado a vestirse con elegancia.

Recuerdo particularmente aquel rodete de trenzas rubias que llevó hasta el final y que, en esa tarde de primavera, armonizaba con un conjunto de shantung celeste acompañado por guantes de hilo blanco y un sombrerito.

Mientras una compañera audaz le pedía un autógrafo, Evita nos observaba y preguntaba si vivíamos en las inmediaciones y a qué colegio concurríamos. Incluso advirtió a la custodia que nos permitiera permanecer frente a la Escuela de Enfermeras pero no pareció particularmente interesada en nuestras preguntas precipitadas.

“Hay que amar a la Patria, señoritas –advirtió–. Y el pueblo argentino se merece lo mejor”, añadió mientras que, ausentes de sentido político, nos agrupábamos a su lado para ser incluidas en alguna fotografía de los cronistas oficiales.

Evita no nos dedicó una abierta sonrisa pero tampoco una actitud de animosidad. La recuerdo, en cambio, muy seria, insistiendo en aquello del deber patriótico. Finalmente, rodeada por la custodia, ascendió a uno de los Packard negros con neumáticos orlados de blanco y nosotros volvimos al colegio.

17 de octubre de 1951. Perón sostiene a Evita -gravemente enferma- durante su discurso del Día de la Lealtad. Foto Archivo Clarín

17 de octubre de 1951. Perón sostiene a Evita -gravemente enferma- durante su discurso del Día de la Lealtad. Foto Archivo Clarín

–¿Y? ¿Cómo es Evita? –nos preguntaron quienes habían ido a buscarnos como todas las tardes (las adolescentes de entonces no solían andar solas por la calle). Y la respuesta, casi unánime, fue “Evita es lindísima”.

Ninguna de nosotras tuvo la intuición de lo que significaría aquella mujer pocos años después. Ninguna, tampoco, imaginó que sólo viviría treinta y tres años.

E.M.

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