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Una Victoria de doble cara

Una Victoria de doble cara

Para empezar, una observación puntual: Victoria Donda aparece involucrada en un sospechoso episodio con su empleada doméstica, y en su descargo arriesga que “la construcción de estas noticias no le hace bien a la democracia”. Vaya que llega lejos la ex opositora al kirchnerismo reconvertida a la fe cristinista: vincular sus avatares personales con lo que le hace o no bien a la democracia. Alguien debería decirle que, más allá de su tarea en el INADI -que por cierto no enaltece-, no es para tanto. La fortaleza de la democracia argentina no depende de las noticias que la involucran. No es tan importante.

Ahora bien, la hipérbole defensiva de la ex diputada suena más bien al gesto torpe de quien es descubierto en falta, no encuentra argumentos y apela a la victimización patriótica y a la “defensa de la democracia”.

La realidad es más pedestre. Donda fue denunciada por su ex empleada doméstica, de nombre Arminda y de nacionalidad boliviana, por haber trabajado en negro más de diez años y por falta de pago durante gran parte de la cuarentena. Como prueba, el abogado de la denunciante presentó grabaciones y chats en las que Donda ofrece a su empleada un plan social y un trabajo en el INADI -organismo del que es presidenta desde la asunción de Alberto Fernández- a cambio de su renuncia.

Ella dice que “intentaba ayudarla”, pero la escena se parece mucho a una burda maniobra para esquivar la demanda laboral y el pago de la indemnización a su empleada por haber trabajado sin estar registrada legalmente. Acorralada, Donda ofrece documentación que más que aclarar, enturbia: recibos de sueldos desde el 2016 hasta el año pasado que muestran que el sueldo mensual de $5.000 de Arminda no fue actualizado en más de cuatro años.

Sin entrar en tentadores juicios morales (a los que Donda es afecta), incumplir los aumentos otorgados incluso por el Gobierno del que forma parte resulta difícil de justificar, y seguramente será saldado por la justicia laboral.

Invita, también, a su salida del INADI. No parece ella la persona adecuada para trabajar y pregonar contra la discriminación, la xenofobia y el racismo, cuando el trato a su empleada se descubre como una siniestra síntesis de todo eso.

Pero el tema ofrece otra mirada, ya no vinculada al plano personal, sino a su rol de funcionaria.

Como tal, lo actuado es igual de condenable, porque en su manotazo revela el extendido hábito de pensar y utilizar al Estado como caja para hacer frente a las cuentas personales, y desde allí proveer de ingresos a parientes, amigos y, ahora lo sabemos, también empleados.

Donda intenta que lo que ella no pagó durante años lo pague el Estado, con un plan social o un trabajo en el INADI, que ofrece con la naturalidad de quien se siente habilitada.

Así las cosas, el argumento de “quería ayudarla” se descubre perversamente mentiroso. Lo que en verdad pretendía era que el Estado se hiciera cargo de su problema, y no poner de la suya. La ayuda real a su empleada habría sido registrarla en tiempo y forma, y acompañar la inflación con las correspondientes actualizaciones en el pago.

Ofendida, Victoria desafió las críticas escribiendo: “Sean más creativos, discutan mis ideas y mis proyectos”. Debe saber que no le conviene. En su trato a Arminda se advierte la profunda y oscura verdad de sus ideas.