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Pienso, luego reenvío

Pienso, luego reenvío

Si esto le llega por WhatsApp, reenviado por alguien, confíe en él/ella o no, no lo comparta. Primero dude. Podría ser falso. Sepa que esa pulsión casi incontenible por presionar con fuerza la pantalla de su celular y que se despliegue el menú para enviárselo a todos sus conocidos podría jugarle una mala pasada.

Apele a la duda metódica. “Cogito ergo sum”. Ya lo dijo René Descartes en su frase: “Pienso luego existo”. Fue en 1637, hace poco.

Meses atrás, frente a un auditorio de cientos de personas, un periodista que diserta lanza una consigna: levante la mano el que haya puesto reenviar a un mensaje sin corroborar su veracidad. La mitad levanta la mano. La otra mitad miente. Sepa: la viralidad necesita cómplices o deja de ser viral. Usted es uno. Todos somos.

¿Es malo compartir algo rápido? ¿Por qué estaría mal reenviar videos de perritos, gatitos o memes? El problema no son los placebos emotivos que alegran un domingo de primavera lluviosa, mientras se scrollea ad infinitum en el celular en pandemia, sino los otros.

No hace falta que le diga cuáles. Lo sabe. Estos asuntos ya son película en Netflix: "El dilema de las redes sociales", es una. Recomendable.

El tema son las mentiras, que vuelan en retuits, likes y reenvíos. El MIT dice que se comparten hasta un 70% más que los contenidos verdaderos.

Ejemplos sobran. Uno reciente: un diputado besa en la teta a su novia en cadena nacional. En medio del escándalo, ella se vuelve fake news. Se viraliza que cobra $140 mil, lo levantan medios y el Congreso aclara que no. Ya es tarde.

Un familiar lo está reenviando en un grupo. Dice que le llegó de otro grupo. Que qué barbaridad. Y así... Piense, luego reenvíe. Es lo mejor.