Vida

Las vidas paralelas de Cristina, Amado y Elpidio

Las vidas paralelas de Cristina, Amado y Elpidio

“Habiendo sido promulgada una ley que concede una asignación vitalicia a los Ex-Presidentes y Vicepresidentes de la Nación, cúmpleme dejar constancia ante el Señor Presidente, en su carácter de ‘Jefe Supremo de la Nación que tiene a su cargo la Administración General del País’, de mi decisión irrevocable de no acogerme a los beneficios de dicha ley (...) Confío en que, Dios mediante, he de poder sobrellevar la vida con mi trabajo, sin acogerme a la ayuda de la República por cuya grandeza he luchado, y que si alguna vez he recogido amarguras y sinsabores me siento recompensado con creces por la fortuna de haberlo dado todo por la felicidad de mi Patria”.

Ni Cristina Kirchner ni Amado Boudou. Obra también de un vicepresidente, la carta lleva la firma de Elpidio González, compañero de fórmula de Marcelo T. de Alvear en su mandato (1922-1928), está fechada el 6 de octubre de 1938 y fue dirigida al entonces presidente de la Nación Roberto M. Ortiz. La pensión que rechazaba era de dos mil pesos mensuales de aquel entonces. Dos veces diputado nacional, ministro de Guerra en el primer mandato de Hipólito Yrigoyen y del Interior en el segundo, interrumpido abruptamente por el golpe militar de 1930 que lo tuvo preso dos años, Elpidio González es uno de los casos más singulares de la política argentina.

Rosarino de nacimiento y de militancia radical, hizo de la austeridad más que un culto, una insobornable línea de conducta, en las antípodas de Boudou, empeñado en lograr su indulto por la causa Ciccone, que declaró domicilio en un médano y truchó papeles de la venta de un auto para no darle la parte correspondiente a su ex mujer, por citar sus delitos menores. O de Cristina que, más allá de sus procesamientos, acaba de ser beneficiada con dos pensiones honoríficas, -que se suman a su sueldo de vicepresidenta-, más un retroactivo de 100 millones de pesos y la eximición de Ganancias, sin que hasta el momento haya hecho el menor gesto de renunciamiento o aporte solidario a alguna justa causa. En el credo político que profesa, toda la solidaridad se ejerce con el dinero ajeno. Don Elpidio se revolcaría en su sepultura del Panteón de los Caídos de la Revolución del 90.

Dicen que ya alejado del cargo y una vez que dejó la cárcel después del golpe de José Félix Uriburu, era frecuente ver a González hacer la cola para tomar el tranvía, vestido con un traje prolijo pero gastado de tanto trajín. Para sobrevivir, maletín en mano, vendía anilinas Colibrí. Ramón Columba, taquígrafo del Congreso, caricaturista y editor, escribe en su libro “El Congreso que yo he visto”: “Yo le oí decir a don Elpidio, en una ocasión, que cuando el radicalismo subió al poder en 1916, él tenía alrededor de 350.000 pesos, capital que fue puesto íntegramente al servicio de la política y de las campañas electorales. Y que el 6 de septiembre de 1930, cuando la revolución de Uriburu se apoderó del Gobierno, lo sorprendió con 65.000 pesos de deudas”.

Tan consecuente fue con sus ideas, que llegó al extremo de quedarse sin techo antes que recibir un beneficio del Estado para el que había trabajado. Le habían ejecutado la hipoteca de su casa de la calle Gorostiaga y, cuentan, vivía en una pensión de mala muerte sobre Diagonal Sur. Un día llega la orden de demolición y el ex vicepresidente va a hablar con el capataz y le pide unos días para que los inquilinos puedan reubicarse. Relatan que, enterados de quién era el hombre que formulaba el pedido, el propio presidente, Agustín P. Justo, se encarga de hacerle llegar un sobre con dinero a González, que lo rechazó diciendo: “No iba a permitir que me ofendiera el presidente ni nadie, por más buena voluntad que hubiera de por medio”.

Murió el 18 de octubre de l951. Enfermo desde principios de año, fue operado en el Hospital Italiano. Y estuvo internado allí durante seis meses: no tenía otro lugar adónde ir. Cualquier semejanza con la actualidad, es mera coincidencia.