Vida

Pablo Ventura, el inocente al que el crimen de Fernando Báez Sosa también le cambió la vida para siempre

Pablo Ventura, el inocente al que el crimen de Fernando Báez Sosa también le cambió la vida para siempre

Pablo Ventura tiene un lugar en la historia de la criminología argentina por ser “el sospechoso imperfecto”. No estaba en la escena del crimen a la hora del crimen. Ni siquiera había estado cerca del boliche Le Brique de Villa Gesell. Una cámara de seguridad lo registró cenando con su familia a kilómetros de ahí, en Zárate, donde vive. Nunca conoció a la víctima y solo “de vista” al grupo de rugbiers que se convertirían en homicidas.

Con todos esos “no” adelante, Pablo escuchó a la Policía tocar la puerta de la casa de sus padres. Escuchó el click metálico de las esposas. Escuchó el portazo en el patrullero que lo trasladaría a la Costa. Escuchó el portazo del calabozo en el que pasó cuatro días.

A un año de esos ruidos, que él recuerda algunas noches, “el sospechoso imperfecto” sigue sin saber por qué fue falsamente señalado por los jóvenes que el 18 de enero de 2019 realmente mataron a golpes y patadas a Fernando Báez Sosa (18).

Pablo ni siquiera es rugbier, es remero. No había “pica” de equipos. ¿Su altura, 1,98, les llamó la atención para hostigarlo antes en Zárate y acusarlo después desde Gesell? Esa hipótesis es débil: no le hacían bullying. Apenas si había tenido un cruce de miradas con algún miembro del grupo, tres años antes. No hay respuesta.

Pablo Ventura, la vuelta a su casa en Zárate tras estar detenido y el saludo de sus padres. Foto Martín Bonetto

Pablo Ventura, la vuelta a su casa en Zárate tras estar detenido y el saludo de sus padres. Foto Martín Bonetto

“El sospechoso imperfecto” se mueve por su ciudad con la carga de haberse hecho muy famoso sin buscarlo. Desde que lo desvincularon de la causa, escapó de las notas y la cuarentena fue un “alivio mediático”. Pero el misterio lo sigue como su sombra, larguísima: ¿Por qué dijeron que fue Pablo?

Con “miedo”, con “timidez”, con “bronca”, Pablo aceptó hablar con Clarín a modo de homenaje para un chico que, como él, también sintió la fuerza de quienes hacen daño en manada.

“Fernando está muerto. Un chico como yo, muerto. No te voy a decir que esto me arruinó la vida hoy, cuando pasó tanto tiempo, porque los padres y la novia de Fernando tienen la vida arruinada de verdad. Estos pibes hicieron que yo no sea el mismo. Mis viejos no son los mismos. Con lo que me hicieron... qué se puede hacer, nada. La Justicia es para Fernando y por todo lo que arruinaron al sacarlo del mundo”, se larga Pablo.

Volvió de entrenar, y en las 3 horas 30 minutos que rema en “single”, sólo piensa en seguir avanzando. Deja los remos cuando son las 10.30. Si es por los brazos, “y la cabeza”, seguiría.

“El deporte te abstrae de todo. Los meses de aislamiento, que no pude estar en el agua, me deprimí mucho, estuve muy mal. Ya no hay nadie que no me conozca. Es incómodo que me digan ‘Hola Pablo’ y que te hablen del tema sin conocerte. Te remueve todo. Y estamos en Zárate, de donde son ellos (por los rugbiers detenidos). Siempre va a ser tema lo que hicieron. Y no está mal que sea así”, dice.

Sus padres, que son farmacéuticos -Pablo cursa el tercer año de la carrera-, están en contacto permanente con el público y todos los días reciben alguna pregunta o comentario sobre el remero que, al menos por cuatro días, parecía muy culpable para ser inocente. “Mi hijo se alejó de todo por un tiempo. Estuvo frente a fotógrafos, flashes, micrófonos y policías sin haber hecho nada, siendo un pibe (cumplió 22 el 27 de noviembre). Ahora queremos que siga adelante”, cuenta José María.

Pablo y su familia comprobaron rápidamente que el joven no había estado en Gesell la noche del crimen. Foto Martín Bonetto

Pablo y su familia comprobaron rápidamente que el joven no había estado en Gesell la noche del crimen. Foto Martín Bonetto

Pablo no quiere “escapar” de Zárate. Pero tiene pensado recibirse y mudarse a Capital. Está soltero y fue a bailar “dos veces, nada más”, desde el crimen en el que lo implicaron. “Fui porque me obligaron mis amigos, para que me distraiga un poco. Fue horrible, se me acercaban todos a preguntarme qué pasó. Sé que están de mi lado, digamos -dice que no tuvo problemas con amigos o familiares de los rugbiers-, pero es incómodo, molesto”, sostiene.

A 365 días del asesinato de Fernando, a Pablo también lo sigue un tema pendiente. “Las pocas veces que hablé públicamente, dije que los papás de Fernando tenían todo mi apoyo. Pero nunca pude hablarles ni visitarlos. Me encantaría. No fui a la marcha en Capital -la que se organizó en enero del año pasado frente al edificio de Recoleta en el que vivía el joven- porque estaba muy triste", confiesa.

"Fernando parece que era un muy buen pibe y sus padres, aunque sea por unos días, también pensaron que yo lo había matado y me había escapado de Gesell. El porqué de ese daño que me hicieron es un misterio que no se va a resolver. Sí se va a resolver el caso. Me gustaría decirles una sola cosa: ‘Confíen en la Justicia’”, concluye.

EMJ