Vida

El pueblo, el gran olvidado

El pueblo, el gran olvidado

A cualquier persona que piensa de una determinada manera le cuesta correrse un poco de sus ideas. De hecho, solemos leer y escuchar a periodistas que piensan parecido a nosotros para poder seguir alimentando nuestra visión del mundo. Es normal también que en ciertos temas tengamos menos grises que en otros. Ya lo decía San Agustín en el siglo V: “En lo esencial la unidad, en lo opinable la diversidad y en todo la caridad”. Cuando las personas en nombre de “la verdad” o “su verdad” comienzan a despreciar al otro sobreviene el fundamentalismo.

El fundamentalismo puede tener características diversas, no necesariamente es religioso, a veces es político. Como actitud mental provoca cerrazón, creer que uno recibió una misión para llevar adelante su cruzada y estar convencido de que el otro no tiene nada que aportar. Parafraseando a San Agustín, cuando caemos en esa actitud con frecuencia confundimos lo esencial con lo accidental y la opinión del otro es descalificada. La famosa grieta argentina obedece a estas premisas: “O estás conmigo o estas contra mí”.

La experiencia de estos 20 años en el IDI (Instituto de Diálogo Interreligioso) me han llevado por otros horizontes. Sabiendo que uno puede estar seguro de qué cosas son esenciales para uno, puede identificar un conjunto de otras que son opinables. Allí es posible abrirse a que otro nos enseñe y de esa comprensión y enriquecimiento mutuo puede nacer una visión más amplia del mundo.

Vivir en un país es también aprender a convivir con las diferencias siendo importante el respeto. Se puede disentir sin agraviar o insultar. Cuando uno tiene convicciones sobre aquellas cosas que considera esenciales y no quiere ser violento para imponerlas, debe estar dispuesto a sufrir persecución sin volverse igual al que persigue.

Tenemos un fuerte testimonio de Jesús que nos dice: “Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados aquéllos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos”. Hoy, en las causas de corrupción, desde ambos sectores políticos, se invoca la inocencia y se acusa al otro de ejercer la persecución. También se denigra el trabajo de los jueces. Habría que recomendarles a los acusados que lo hacen que, si son inocentes como dicen, sería más productivo que presenten pruebas que lo demuestre en vez de procurar demoler al Poder Judicial.

A los ciudadanos de a pie nos interesan otros temas. Y precisamente los políticos y burócratas del Estado están para resolverlos: la salud, la educación la pobreza, la economía, los ataques a la libertad de pensamiento, la huida de los jóvenes que buscan un futuro fuera de un país que no les ofrece oportunidades y quedó arcaico en sus discusiones.

Todos estos asuntos que se ven afectados por años de decisiones equivocadas de los políticos, que deberían ponerse por encima de intereses mezquinos.

Viene muy a cuento lo que les contestaba el Papa Francisco a los más de 100.000 argentinos que enviaron mensajes de salutación con motivo de haber cumplido recientemente ocho años de pontificado, como parte de una campaña de “Generación Francisco”: “Agradezco a los organizadores que hayan consultado al Pueblo. ¡Cuántas decisiones se toman a espaldas del Pueblo!”

La democracia argentina tiene malas calificaciones sobre la resolución de los problemas de su pueblo. Quizás sea hora en que los que nos representan dejen de pensar en sus problemas y resuelvan los nuestros con más eficacia y, si no saben hacerlo, dejen su lugar y propongan a otros que tengan ideas mejores que las que ellos tuvieron.